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Tolbaños de Abajo: enormes ermitas e iglesias en pueblos diminutos

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Kuitxi

Martes, 15 de mayo de 2018. 08:00

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Otro día, el tercero, domingo, con el mismo cielo plomizo del viernes, cuando llegamos en un taxi a Tolbaños de Arriba, y de ayer sábado. Cubierto el día central, que era la expedición hasta Haedillo, Laguna y Pico, decidimos conocer los dos pueblos que nos quedan de este cuarteto serrano enclavado en el centro de la Sierra de la Demanda.

Si ya vistos están los pueblos de arriba, hoy les toca el turno a los de abajo, la otra Huerta, el otro Tolbaños, donde destacarán, y así lo apreciaremos, su hermosísima dehesa de robles centenarios, y su maravillosa iglesia, orgullo de feligreses y vecinos en general. Antes de la llegada a los pueblos, nos espera una ermita, la de Nuestra Señora de la Vega, que se divisa ya en el fondo del valle, una pieza de piedra en el paisaje, como si fuera una figurita de un Nacimiento navideño...
  Caminando, camianando, aparece el bosque otra vez, y las setas en el suelo, y yo, agachado: ¿cogeré una?... ¿cogeré dos?... ninguna cogeré porque hoy no es día de setas. Es más, yo diría que esta fofografía no es de hoy, sino de ayer, y si aquí aparece, es porque se traspapeló. Pero hay que narrrarla, porque cada imagen merece lo suyo, y ésta, también, pañuelo del Athletic, cara de buenos amigos, la procesión, como siempre, va por dentro, Jesús con la cruz a cuestas;  el hombre, con su tormento encerrado en la conciencia... de nubes blancas, grises, oscuras, aquí hay para todos, el que no se conforma es porque no quiere, o está, ciertamente, muy amargado, porque para no gustarle el dulce del viajecito de esta mañana, ya le vale.
Y en la mitad del camino, para que no falte de nada, un refugio, con su chimenea y todo, donde el hombre en vano aviva un fuego que no existe, es por posar, por la foto, por decir que hacía algo, que, al menos, lo intentó, como aquel que sopla para que las nubes que amenazan tomenta no deseada se alejen lo más posible...
  Y qué tal si descansamos. Más que por fatiga, por mirarla a ella con toda mi luz, sentada en un leve pretil que salva a los descuidados de caer al riachuelo. Y después de su blancura, de lo verde de los árboles y de las aguas del río, la Ermita de Nuestra Señora, de la Vega porque en vega fue levantada, sólo una nave, pero una nave larga, y a sus puertas, cuatro piedras que al elevarse decrecen; y en la cúspide, una cruz, y sobre ella, el hombre que yo soy, manos unidas en gesto de rezar. Mas no hay rezo. Tan sólo es una súplica dirigida al que maneja las riendas de mi dolor: que cese en su empeño... ¡por favor!...  De momento, no aparece el ´titiritero que maneja los hilos de mi existencia´ tan experimentada por todos mis sentidos, sobre todo el del tacto, no duele mucho, pero duele, lo que más me afecta es el problema de la ´mente´, para cuyo remedio, opina Silvio, “la medicina escasa, la más insuficiente, es la de remediar”... los entresijos averiados del alma o la conciencia. Y mientras espero, aparece ella, no como un angel que se muestra unos breves segundos y luego se desvanece, sino como la realidad que ella es, sin sus alas blancas y su cara mofletuda, quedándose con su niki blanco inmaculado en el que se haya insertado el escudo del ´Club de Remo  San Nicolás´ de Portugalete.
  Cómo son las cosas: ella, barakaldesa, promocionando la Noble Villa a las puertas de la “valiosa”, eso dicen los del pueblo, iglesia de Tolbaños de Abajo, románica donde las haya, con esa puerta de limpia madera circundada por tres aros de piedra que, a mi parecer, se asemejan al pasillo  que, en homenaje, un grupo de dantzaris le estuvieran haciendo  al caminante para que, al penetrar el templo, se sienta algo o alguien muy importante, como, por ejemplo, un alcalde, un presidente, o el obispo de Roma, que, tratando de ser más fuerte que todo obstáculo y todo sufrimiento, se acercó hasta Tolbaños a la hora en la que nosotros ya atesorábamos en la mano la llave generosamente entregada por el custodio del pueblo.   Nos dicen, cuando la entrega en mano, que la iglesia merece la pena, y la pena merecerá, la llave en la cerradura, un par de vueltas, o tal sólo una... y ya estamos ella y yo, una vez más, en el interior del templo al Cielo dedicado. Visto el altar, sobre el que me apoyo, con su Jesús crucificado, un par de santos... y el deífico sagrario donde se guarda el vino que el sacerdote bebe y las hostias que entre la feligresia reparte: ayy si además del santo pan, el vino también se repartiera entre los parroquianos, otro gallo cantaría, y su canto sería el reclamo, o señuelo, para la llegada de los hombres que a la hora de la misa se encontraban por el pueblo dando vueltas de bar en bar, como mendigos del alcohol, o esbirros, o esclavos, o adictos, o fieles, arrepentidos los quiere dios, venid, pueblo llano, a la fiesta que se celebra en la ´casa del señor´...
  Y si el cura no está, la iglesia no está vacía, la llena, casi, ella con su divina presencia. Y yo... qué pasa conmigo... ¿que no soy nada?... ¿que no soy nadie?... Alguien soy, de eso no cabe duda, pero tal vez mi ser no pase de la figura de un intruso en casa ajena, un fisgón del mundo sacro que se subió al coro para seguir cobrando protagonismo. Y desde él, desde lo más alto del templo por dentro, contemplar el candelabro de las más de doce bombillas, eso de frente, y a la izquierda, mi derecha, el mártir asaeteado, una, dos, tres, cuatro, cinco... hasta seis flechas cuento clavadas en el cuerpo del santo Sebastián.  Ante el santo martirizado hasta la muerte, y la cruz donde cuelga sin vida el redentor, siento, a veces, que la iglesia es un cementerio, y éstos, los cementerios, material de derribo, porque a mí no hay quien me quite de la cabeza que los camposantos, donde yacen los seres humanos que ningún tipo de santidad acapararon en vida, deberían desaparecer, para, así, acabar con esa necrofilia que alcanza su summum el día de ´Todos los Santos´, cuando ´el pueblo de los muertos´ (hilerria) se llena de terribles coronas de crisantemos que en poco tiempo se marchitarán.

  Interiorizado el templo, entregadas las llaves a la persona que nos las prestó, demostrando con ello un altísimo grado de confianza hacia dos extraños, vista la iglesia en sus entrañas, se decía, ahora cabe contemplarla de lejos, bajo el tapado y vaporoso cielo, rodeada de árboles muy oscuros que parecieran flotar, y no emerger de la tierra.
Por Luis María Pérez, 'Kuitxi', exfutbolista, mendizale, narrador de viajes y periodista

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