Juan Carlos, sobre el Carnaval en el Trofeo Carranza | La Torre de Preferencia
Secciones

La gaditaníssima identidad

Un contenido de:
Juan Carlos Aragón

Domingo, 12 de agosto de 2018. 12:21

Reportar vídeo

En la Tacita andamos en una encrucijada compleja de tradición y renovación que, o se hace con mucha pulcritud y cálculo, o puede mandar al carajo a las dos y, con ellas, nuestras sacras señas de identidad.

La Semana Santa (y la Profana) no sabe ya bien por dónde desfilar, ni a qué paso, ni a qué hora. El Falla está siendo abandonado por muchos de sus más consagrados gladiadores. El argumento del imprescindible descanso y la atención a la sagrada familia podría valer si no fuera el esgrimido por tantos a la vez, coincidiendo casualmente con la nada rentable profesionalización obligatoria de los candidatos al cetro. En próximas ediciones las necesidades de descanso y el crecimiento de las familias podrían dejar en el Falla un socavón irreparable. A buen entendedor… También sobra sitio para pescar en todas las barandas y escolleras. Los chiringuitos de la playa tienen el mismo encanto que los bazares chinos. El aroma de caballa no perfuma las puestas de sol. Bumburi no es la divina Jurado. Al Pemán le sobra el nombre y la maleza, pero le falta la otrora mágica luz de la luna alumbrando gitanos con alma de artista. Y el Trofeo…

Trofeo Carranza. El mismo nombre con el mismo apellido. El apellido hace tiempo que tampoco pega ni con cola. Y el Trofeo, a secas, pega solo ridículos tumbos. El formato de este año, de un elitismo insultante, es peor que su disolución. Si una tradición gira, que lo haga para mejor, o que se corte en seco. La barbacoa se cortó a plazos. La agonía fue más larga y su mantenimiento más cruel que una muerte por la que nadie lloró. Y hablamos de una tradición popular que surgió espontánea del fondo de nuestra identidad colectiva, incluyendo sofás y combustibles tablas de pasarela. Si la tradición es de origen y diseño institucional, conservarla por cojones y en los términos actuales tiene menos sentido aún.

Son plausibles los entusiastas y anonadados intentos por girar al ritmo de la circunstancia, pero si no se puede, no se puede, y no pasa nada por cerrar una puerta y abrir otra… o dejarlas como estaban y que los vientos se encarguen del resto. La batalla de coplas —cuya denominación me chirría enormemente, porque ni soporto el núcleo del sujeto en relación al carnaval, ni en carnaval todo lo que se ofrece es copla— no sustituye a la antigua barbacoa, sino que inaugura un brindis al público que lo que más celebra es su gratuidad. Las condiciones, ni para los que cantan ni para los que oyen, son en modo alguno exquisitas. A las arcas públicas le cuesta un dinero que —con la obligatoria profesionalización de los cojones— la mayoría de los grupos ni estiman. Y las horas para hacerlo no son para todos los públicos; aunque el que estuvo disfrutara, hubo mucho que se vio excluido.

Por otra parte, no me parece justo compensar la prohibición de la barbacoa (por llamarla de alguna manera) y el hundimiento futbolístico del Trofeo (por seguir llamándolo también de la misma manera que cuando tuvo prestigio) con comparsas y chirigotas “profesionales” a bajo coste. Otra cosa es que los grupos se presten por el emotivo deseo de cantar en casa, aunque las horas —insisto— no sean las adecuadas. Ni la gaditaníssima barbacoa del preteofilato ni el glamour futbolístico del último fin de semana de agosto pueden ser sustituidos con más carnaval. Si queremos ofrecer algo más que carnaval, claro. Carnaval siempre hubo y habrá, pero no debe sobrecargársele con la responsabilidad de convertirse en la panacea gaditana del ocio para los de afuera… o seguirá perdiendo encanto, como todo lo que se exporta y se vende al por mayor.

Como resultado, la identidad peligra. Y mucho. A menos que Millenials descubra también La Tacita. O a menos que la evolución se deje a su propia merced. Pero este Cádiz no es el mismo de hace treinta agostos. Ni el de hace sesenta. A lo mejor soy yo. A lo mejor es mi padre. A lo mejor somos los dos. A lo mejor el Paco Alba aquel se excedió con Los Julianos cuando dijo lo de “que Cádiz está de fiesta todo el verano”. El gadita hondo de herencia añeja sigue en la brecha; pero el otro habita aquí lo mismo que en Pekín. Desde la periferia beduina la fotografía sigue siendo igual de impresionante, pero si te acercas se notan los parches en las grietas, cada vez más anchas y peor parcheadas, por cierto. Para colmo, Diario de Cádiz publica el resultado de una reciente encuesta en la que aparecemos como la provincia de Andalucía peor valorada por los turistas: vienen, sí, pero como que no les pone demasiado.

La responsabilidad no es política sino social y, en mayúscula instancia, civilizatoria. Se echa de menos un higiénico erotismo por barrios y casapuertas. No todos los hedores son tóxicos ni contaminantes. No todo ha de mirarse en el espejo de Singapur o Finlandia; y menos aquí, donde hablamos más parecido allende el charco que a la orilla contigua de nuestra costa, bahía, estero, campiña y montaña. En las tardes frente al mar flota un éter de melancolía que se separa de las algas. No es solo la ausencia de esperanza en el porvenir, ni la artritis económica, ni el aburrimiento que provoca el progreso sin regreso. Es un nuevo pero falso Cádiz sobre otro más auténtico que se hunde por cuarta vez. Falta la gaditaníssima…

En febrero sigo.

JUAN  CARLOS ARAGÓN

3 comentarios

  1. Carmen

    chale ms tabaco...

  2. Luis

    Pero el que firma es parte del problema o de la salucin?

  3. Tano

    Creo que todas estas palabras juntas son un prlogo a su nueva comparsa y en cierto modo est explicando el tipo para que en febrero los ms despistaos sepam de que van.
    Aunque no le falta razn.

Enviar comentario Ver los 3 comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *