Juan Carlos Aragón, sobre el filósofo francés Michel Onfray y su Manifiesto Hedonista | La Torre de Preferencia
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Michel Onfray

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Nadie ha sabido definir qué es la filosofía con una proposición simple, con un solo verbo, sin ambages, sin recurrir a la etimología, de modo tal que estudiantes y paganos tengan claro su objeto de estudio. Lamento en lo más profundo haber dedicado media vida a algo que la mayoría no sabe con certeza qué coño es como el carnaval o de qué va, o para qué sirve, y más en estos tiempos en los que se duda del valor de todo aquello que no puede ser convertido en dinero. La filosofía es Michel Onfray, su vida y su pensamiento, y ya no hay más, créeme, primo.

Yo también anduve confuso, durante largos años, buscándola aquí y allí, en lo que me vendieron los libros de texto y las facultades públicas, hurgando y rebañando hasta un corazón que jamás encontraba, presintiendo que nada de aquello era filosofía de verdad sino un cementerio de oscuras e ilustres parrafadas alrededor del interés civilizatorio del occidente más espeso, pero con mínimo valor de realidad, ideal para que pocos la comprendieran, diseñada para que los adolescentes no se la fumaran, para que nadie se entusiasmase, para que identificaran “filósofo” con “un colgao que tiene barbas”, y para que, finalmente, llegase un ministro cabrón y la borrara del mapa de un plumazo; y, lo peor, a la gente le importara un carajo como la manga de una beata. A propósito no la fulminan mejor. De lo que deduzco que la han fulminado a propósito.
Desde que descubrí a Michel Onfray renació mi entusiasmo por la filosofía, y espero contagiarlo con mi testimonio. Una vez desestimada como objeto de estudio, aparece como sospecha y, con ello, como alternativa ante la inautenticidad de todo lo que nos rodea. De TODO, amor incluido. La vida que vivimos los mortales es una pasión inútil. La mayor parte de nuestra desventura no la causa ni la naturaleza animal del prójimo ni —siquiera— la angustia ante la muerte, sino vivir en una civilización montada en la mentira y en la represión de los sentidos y el goce, todo para perpetuar los privilegios de una clase maldita que está donde está porque nos faltan huevos para fulminarla, igual que ellos han fulminado a la filosofía desde el principio hasta hoy, todo sea dicho.
Siempre me he mostrado muy crítico con la educación, tanto que puede que se me confunda con un defensor de la barbarie. Y no es eso, sino justo lo contrario. No hay mayor barbarie que lo que nos venden por educación. Educar con mayúsculas es ofrecer la alternativa —a veces lo contrario— de lo que el sistema ofrece. Desde que nacemos, nada de lo que nos imponen como normativo es en beneficio de nuestro crecimiento y fortaleza, sino en el suyo capullo. La deformación del individuo es tan vertiginosa y eficaz que cuando llega al instituto ya no hay nada —o casi nada— que hacer. “Revolución” ya no se usa como posibilidad, sino como acontecimiento histórico pasado que solucionó el presente. Como si el presente no siguiera necesitando solución…
Pero aún queda una revolución posible: la personal. Esta vida vivida sin permiso ni destino, sólo tiene un sentido: gozar hasta la muerte sin hacer daño al otro (siempre que el otro no se meta en tu vida, claro está; si lo hace, denle por culo al otro y al de la moto). La revolución personal, si me apuras, cuesta más que la colectiva, porque no hay ayuda de nadie. La teoría eres tú. El principio y el fin también eres tú. Y si te caes es poco probable que alguien te levante. Si te sirve de consuelo, es más fuerte quien se levanta que quien nunca ha caído. Pero hay que luchar en soledad, día a día, contra el ser que te han impuesto y contra el que tienes enfrente. Merece la pena. Aunque no a todo el mundo, faltaría más. Es como la filosofía. La pregunta no es para qué sirve, sino a quién le sirve. A mucha gente siempre le resultará más útil la romería y el wasap, la chirigota y la cofradía, la peli y la pelu, el sol y el gym, el burguer y el Facebook, el Barça y el Gran Hermano. Y conste que la filosofía no excluye nada de esto, pero te enseña a usarlo como herramientas de equilibrio, no como un intento de equilibrio sin herramientas que solo conduce a la miseria existencial.
Alguien dirá que mi artículo de hoy no trata de la actualidad, queriendo decir con ello que no habla de política o carnaval. No le harán mucho RT, ni pulsarán tantos corazoncitos. Mas me conformo con que al menos uno de mis lectores lo comparta. Para no sentirse solo en esta tarea tampoco hace falta un fuerte aplauso. Es más, el consenso universal es el criterio con el que se han impuesto los errores más graves y de consecuencias más dolorosas para la humanidad
Primo, léete el Manifiesto Hedonista, verás como al final estás de acuerdo conmigo.
JUAN CARLOS ARAGÓN

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Juan Carlos Aragón

Domingo, 09 de octubre de 2016. 06:00

1 comentario

  1. Franz Gómez

    Pues a mi es el que mas me ha gustado!
    Sigue escribiendo estas cosas de vez en cuando, aunque a veces parezca una gotita de agua en el desierto.

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