Curavacas, montaña Palentina junto al río Carrión

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Kuitxi Pérez

Domingo, 02 de Agosto de 2020. 13:49

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Triollo. Montaña Palentina. Junto al río Carrión. Pocos kilometros tiene aquí el río que ayer vi como nacía en las pozas, lagunas, Fuentes Carrionas llamado el nacedero que desde lo alto de cordales y monstruos como Peña Prieta contemplaba... El lunes partí desde Bilbao hacia este Paraiso.

Tren de la Robla que en Mataporquera quiebra su avanzar hacia León y nos vomita. Larga espera y un autobús hasta Cervera de Pisuerga. Aguilar de Campoo y las galletas Gullon en fábrica moderna que me retrotraen al fútbol, al Athletic Club y los veranos. El 'Torneo de la galleta'.

Fue ya el Curavacas. El dolomitico gigante de tonos verdes que lo son por los líquenes que en amor se adhirieron a este macizo que solo se entiende humano si se abraza desde el sur. Desde Vidrieros. Fin del mundo urbano. Finisterre está allí, porque, tras el caserío, se acabo la carretera. Pueblos no hay. Río vedado para la pesca de los coches. De ruedas se descalza el ser humano. Hierba paralela al río Carrión.

Hasta sus lagunas, a sus fuentes, humano descanso es el pozo Curavacas que a la izquierda se esconde como si buscara refugio pegado a la lisa pared de la mole que conforma el macizo del terrible Curavacas... Fue el martes.

Lo primero que quería acometer tras el necesario descanso en pétrea casita de un pueblo con encanto. Era la tercera vez que me proponía la empresa. Tras el fiasco de 2002, y lo bien cobrado de 2011, deseaba hacer cumbre con la promesa de la tercera y la vencida...

Mañana de sol primaveral. Me he lucido con el tópico. Reproches no me llegaran porque en Triollo no hay cobertura para aquellas personas que se quisieran molestar en amonestaciones y reprimendas. Era mañana de sol. Para el asfalto que alcanza Vidrieros. Para el camino en cierto modo despojado de abedules, servales y mostajos. Senda que el río acompaña con su onomatopéyico sonido al que no acierto a buscarle nombre.

La piedra suelta. El pedregal. La pedrera. Rocas que se desprendieron de lo alto y en manada acuden a las botas del montañero. El pico es así. O lo subes o te das la vuelta. Pero... ¿cómo hacerlo luego de contemplar esa silueta tan hermosa como espeluznante? Esos riscos. Esas cornisas. Esos callejos. Atracción fatal. La que fue un día para aquel grupo de montañeros que subió para nunca más volver.

Sucedió hace tanto que uno no se acuerda porque estaba naciendo. El grupo ganaba la cumbre cuando un alud que se preveía los sepultó. Demasiada nieve para nada bueno. Manto que habría de esconderlos por tantos meses como los que van de las navidades al verano. Una mano se asomo. Una mano sin vida como para decir Hola.

El martes era y fue distinto. Era la piedra con leves lagrimones de nieve. Negociar el pedregal como al que le toca fregar después de una comilona que precede al mejor de los partidos del Athletic o al del Club Portugalete. La ascensión al Espiguete será el sábado. Broche final. O tal vez no.

En la pedrera nos habíamos quedado. Evitar el desvío hacia la derecha. El Callejo del Hospital no nos promete nada bueno. Basta reparar en su nombre: 'Hospital'. Urgencias. "Un montañero de Portugalete se precipitó...".  Al escribir, uno también se precipita.

No hay senda en sí. Y si la hubiera al Curavacas hay que mirarlo de frente. Que vea el muy cabrón que no se le tiene miedo. Acaso respeto. La educación está bien vista, y sobre todo en las grandes alturas. Nos dirigimos hacia los 2.524 metros a los que hay que sumar el codeo. El trepe y el destrepe.

El ayudarse hasta con el mentón cuando toca negociar paredes a derecha e izquierda. Hacia arriba y el necesario retroceso. Las chimeneas son muy largas y estrechas. No hay hitos. La senda la marca la intuición. El querer escalar.

El respeto a las graníticas paredes. Los tomo de la mano. Un arreón. Me plantó en la cornisa. Una mano y otra. Y un pie allá donde habita la muerte. De repente, él no va más...

Aparece la nieve. Conviene no fallar. No fiarse por aquello de los resquicios y las grietas. La montaña pide aire. Cuidado allí donde se abre la nieve. Pisar ya bien confiado. La nieve se deja querer. Hundes la bota. Clavase el bastón. Tiempo ya para el júbilo cuando se divisa el vértice geodésico.

Y la cruz con sus tiras de colores. Algo más. Mochila apoyada en el cilindro. El bastón. Es tiempo para arrojar con los ojos la mirada hacia el pozo Curavacas. En su cima... Monolito, mochila, bastón... Y un montañero de Portugalete.

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