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La génesis de 'El Carnaval sin mí', el libro póstumo de Juan Carlos Aragón

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Arcángel Bedmar

Domingo, 26 de mayo de 2019. 11:57
Juan Carlos Aragón y Arcángel Bedmar durante la presentación en Lucena de la novela El pasodoble interminable en marzo de 2017. (Foto Joaquín Ferrer)
Juan Carlos Aragón y Arcángel Bedmar durante la presentación en Lucena de la novela El pasodoble interminable en marzo de 2017. (Foto Joaquín Ferrer)

Cuando Juan Carlos Aragón escribió en 2009 su primer libro, El Carnaval sin apellidos, tenía pensado iniciar con él una trilogía de ensayos que continuó en 2012 con El Carnaval sin nombre. Sin embargo, quedó inconclusa porque se embarcó también en la edición de dos poemarios, La risa que me escondes (2010) y Los últimos versos del Capitán Veneno (2015), y de una novela, El pasodoble interminable (2017). La circunstancia que le empujó a terminar la trilogía fue el descanso que, como autor carnavalesco, iba a disfrutar durante el próximo concurso por el nacimiento de su hijo Silvio. A principios de marzo me habló de su nuevo proyecto literario y me preguntó si podría asumir la corrección estilística, una tarea que yo ya había realizado con sus tres libros anteriores en prosa.

Mi relación personal con Juan Carlos era antigua. Lo conocí en 1998 en Lucena, donde resido, durante la actuación de su chirigota Las ruinas romanas de Cádiz, aunque mi admiración por su obra provenía de mucho antes. Al año siguiente cofundé un festival, Carnavaluc, que en la actualidad tiene titularidad municipal y es el más antiguo de la provincia de Córdoba. Sus agrupaciones actuaron aquí con frecuencia y empezamos a congeniar. Yo había escrito ya varios libros de historia, así que Juan Carlos pensó que era la persona idónea para ayudarle en la primera edición del suyo. A partir de entonces le gustaba llamarme “Dire” (por “director” literario) en vez de Arcángel. En realidad mi función resultaba muy simple: corregir erratas, eliminar muletillas, evitar el abuso de gerundios o adverbios, tratar de acortar su tendencia a las frases largas, etc. Siempre tuve libertad absoluta para las correcciones, porque mi labor afectaba solo al detalle y no a la esencia del mensaje. 

Entre libro y libro la amistad se fue estrechando, y las visitas mutuas también. En 2012 intervine junto al periodista Fede Quintero en la presentación en Sevilla de su libro El Carnaval sin nombre. El 24 de octubre de 2015 coordiné en Lucena el único homenaje que Juan Carlos Aragón ha recibido en vida. De hecho, varias de las imágenes que hoy corren por las redes y los medios fueron realizadas por artistas lucentinos para aquella efeméride (los videos del evento se pueden visionar en el canal de Carnavaluc en YouTube). Dos documentales fueron dirigidos también desde Lucena centrados en sus agrupaciones: Los Millonarios. Más allá de la Tacita y Los Yesterday. Despidiendo el siglo XX, para lo que contamos con la colaboración entusiasta de Manolo Casal, Modesto Barragán y Javi Bohórquez. Este último documental le causó una alegría inmensa. Cuando salíamos del auditorio tras su estreno me comentó eufórico: “No llevo los pies en el suelo”, pues le había parecido una injusticia que el veinte aniversario de esa chirigota hubiera pasado sin pena ni gloria en el mundo del Carnaval gaditano. Me confiaba todas estas conversaciones porque teníamos una buena amistad. De hecho, en los últimos años Juan Carlos ya solo escuchaba en directo a sus comparsas en el Falla o en Lucena, pues no le gustaba asistir a ningún otro lugar.

En 1999, Juan Carlos Aragón con el tipo de Los Yesterday, y Arcángel Bedmar. (Foto Antonio Ortega)
En 1999, Juan Carlos Aragón con el tipo de Los Yesterday, y Arcángel Bedmar. (Foto Antonio Ortega)


Vi a Juan Carlos por ultima vez en Cádiz el 26 de enero en el ensayo de su comparsa, pero no me dijo nada de que estuviera ideando un nuevo libro. Solía ser reservado para eso, y no lo contaba hasta que la idea y las primeras páginas estaban maduradas y escritas. A principios de marzo, como comenté con anterioridad, me dio la noticia. Para entonces, ya tenía el índice elaborado y me dijo que poco a poco me iría enviando los capítulos. Los que conocíamos intelectualmente a Juan Carlos sabíamos que la cabeza le corría a una velocidad vertiginosa, mucho más rápida que la mano, por lo que para mediados de abril ya tenía en mi poder tres capítulos de los seis que configuran el libro. Cuando me mandó el cuarto me comentó que padecía una parálisis del nervio óptico con una fuerte migraña y que se había tenido que poner un parche (hasta me envió la fotografía). En aquel momento se hallaba de consultas médicas y el día 17 de abril, miércoles santo, tras una visita al neurólogo le confirmaron que padecía una terrible enfermedad. Me lo comunicó a través de un wasap. Yo lo reconforté como pude. Dos días después, el viernes santo por la tarde, recibí un correo electrónico en el que adjuntaba el quinto capítulo. Mi sorpresa fue mayúscula porque no entendía cómo alguien en esas condiciones podía concentrarse en escribir. Además, me decía lo siguiente: “No sé ni cómo lo estoy haciendo pero es terapéutico. Tampoco sé si con lo que viene ahora podré acabarlo, al menos como me gustaría. Probablemente esto sea lo último de Carnaval que haga en mi vida. Por tanto, si me extiendo menos de los previsto, mejor. Tampoco pretendía hacer una enciclopedia. Me falta un capítulo, menos crítico y más romántico, el prólogo y el epílogo. A ver si me da tiempo de hacer algo emotivo. Un abrazo, Dire”.

Juan Carlos siempre había sido muy obstinado y tenía una capacidad creativa inmensa, como demostró a pesar de las adversidades. Solo cuatro días después, el 23 de abril, me llegó el sexto y último capítulo, de veinte folios, que se titula “Algo se muere en el alma”. En él se incluía un primer subcapítulo, “Cuando un autor se va”, y se cerraba con otro denominado “Cuando los buitres vuelan bajo”. Aunque esos encabezados puedan parecer escogidos para la ocasión, no es así. Han sido una casualidad trágica. Ya estaban elegidos cuando me mandó el índice más de un mes antes de saber de su enfermedad. Quedaba por tanto el prólogo y el epílogo, que me pidió que escribiéramos el humorista Manu Sánchez y yo, respectivamente. Pocos días después, al encontrar cierta mejoría en su enfermedad, decide que yo redacte el prólogo —para descargar de trabajo a Manu Sánchez, con el que estaba coescribiendo una obra de teatro— y que el epílogo lo elaboraría él contestando a veinte pregunta realizadas por los aficionados. Para ello, hizo un llamamiento, el 5 de mayo, a través de su columna semanal de “La Torre de Preferencia” que publicaba en ElDesmarque cada domingo. Cinco días después ingresa en la UCI sin darle tiempo a contestar más que a una de las preguntas. Y el 17 de mayo, un mes exacto después de conocer el diagnóstico de su enfermedad, fallece.

Javi Bohóquez (i) y Arcángel Bedmar (d) en el domicilio de Juan Carlos Aragón durante la grabación del documental Los Yesterday. Despidiendo El siglo XX, en marzo de 2018.
Javi Bohóquez (i) y Arcángel Bedmar (d) en el domicilio de Juan Carlos Aragón durante la grabación del documental Los Yesterday. Despidiendo El siglo XX, en marzo de 2018.


En el artículo de ElDesmarque al que hacemos referencia, ya apunta que le va a cambiar el título a su libro. Se llamará El Carnaval sin mí en vez de El Carnaval sin dirección, que era su denominación original. En sus páginas se desata de manera magistral la pluma y la inteligencia de Juan Carlos, pues la obra lleva su sello inconfundible. En ella realiza una crítica del Carnaval gaditano poniendo los puntos sobre las íes y dejando pocos títeres con cabeza. En un tono escéptico y con frecuencia pesimista, aborda el Concurso, el jurado, la dejadez municipal, los medios de comunicación, las redes sociales, el Carnaval de la calle, la mediocridad de los repertorios, el papel de los autores y de los grupos, la actitud del publico dividido entre la chusma selecta (ilustrada) y la chusma profunda (iletrada), el chovinismo gaditano, las vanidades, el Museo del Carnaval y un largo etcétera de temáticas. Todo lo desmenuza con su particular estilo, incisivo e inteligente, sustentado en un análisis pormenorizado y reflexivo.

El prólogo de El Carnaval sin mí llevará la firma de Manu Sánchez, que era la idea primera de Juan Carlos, y el epílogo de un servidor. Y hasta ahí llego, pues como es lógico no voy a desvelar mucho más contenido del libro. Sin embargo, sí me voy a permitir adelantar tres mensajes que Juan Carlos lanza en él y que igual es necesario valorar con serenidad en el tiempo presente, en el que se suceden los elogios y los merecidos homenajes por doquier. El primer mensaje es que los mismos que hicieron salir llorando del Falla a Paco Alba fueron los primeros que luego pidieron un busto para él. El segundo lo apunta Juan Carlos en todos sus ensayos: los que deberían leer sus libros sobre el Carnaval no los leen porque no leen o lo hacen con extrema dificultad, así que sus palabras ni siquiera las tienen en cuenta. El tercer mensaje lo recojo textualmente: “Personalmente, nunca me sentí un autor bien tratado en el Carnaval de Cádiz. Antes lo contrario. Ni por parte del público ni por las instituciones. La prensa hubo demasiados años en los que abiertamente fue a por mí”.

Hoy Juan Carlos hubiera cumplido 52 años. Por desgracia no podrá celebrarlos ni nosotros felicitarlo porque su alma ya reposa en el Olimpo carnavalesco. Aun así, desde la eternidad que nos separa, me gustaría lanzarle el mensaje de que estamos muy orgullosos de su inmenso legado. Es una pena —aunque a él no le gustaban las penas— que quizá en bastantes ocasiones no hayamos sabido demostrarle nuestra admiración y nuestro respeto como él se merecía. Para consolarnos tras su pérdida, y para descargar nuestra conciencia si es el caso, ahora solo nos queda rezar sus coplas, gaditanas y universales, hasta el fin de los tiempos. Esa será nuestra religión.     

 Arcángel Bedmar

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