Mejor ser que tener

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Ion Urrestazu

Gol de Oyarzabal en la final de Copa (Foto: Kiko Hurtado).
Gol de Oyarzabal en la final de Copa (Foto: Kiko Hurtado).

Siempre recordaremos el sábado tres de abril de 2021, siempre recordaremos cómo, dónde y con quién estábamos. Lo de dónde parece fácil puesto que el virus, la pandemia, las restricciones y el toque de queda nos obligaron a verlo en casa. No pudimos verlo en directo en el campo, ni desplazarnos, ni tan siquiera juntarnos más de cuatro o seis personas, y por no hablar de lo que supuso no poder salir a la calle a celebrarlo. Sin embargo existió un hilo conductor invisible que nos mantuvo a todos unidos detrás de la pantalla. Esa unión, esa conexión entre ciudades de todo el mundo, pueblos de todas las provincias, entre familias, entre amigos, estoy convencido que contribuyó a conseguir el tan deseado y merecido título.

La gente nacida a finales de los 70 o comienzos de los 80 no teníamos hasta ahora ningún hito o efeméride tan importante que recordar. Siempre los mayores cuentan dónde estaban cuando en la tele se vio en directo que el hombre pisaba la luna, dónde se encontraban el 23-F, y los que no pudieron ir a Gijón, te cuentan con detalle cómo escucharon por la radio el gol de Zamora. Esta Copa tenía nuestro nombre desde el principio. Yo venía viendo señales de todo tipo. No sé si las veía o si las quería ver, el caso es que fuera primero el huevo o la gallina, o la gallina y el huevo, la Copa llevaba ya puestas las cintas azules y blancas en sus asas, aunque no se vieran a simple vista. El bueno de Aitor también lo sabía, pero esperó a que le llegase la camiseta de la final para decírnoslo. En la vuelta de la semifinal en Miranda, tras más de novecientos kilómetros, hacía noche en el Hotel Tudanca. Para mí sería ya parte de la historia y el recorrido de mi idilio con la Copa, como lo era el Ketutin de Madrid, donde empezamos a comernos la Copa de verdad. Hablando con mi tío Tomás desde Miranda, entrando en mi habitación, me contaba que la noche del 23-F la había pasado en ese mismo hotel, pues estaba de viaje de trabajo. Yo no daba crédito a tanta casualidad. Sumado a que mi tío, junto con mi aita, habían estado en las gradas de Gijón y Zaragoza, mi cabeza no paraba de enlazar momentos, situaciones, sensaciones…Todo indicios circunstanciales, como dicen en las series policiacas, que no tendrían ningún valor en un juicio, nada fundado, nada probado, ninguna evidencia. Todo ilusión, todo intuición, todo convencimiento.

Si todo lo que he escrito anteriormente intentando reflejar lo que ha supuesto y va a suponer para mucha gente este título (niños, adolescentes, mayores que han vuelto a revivir su juventud, jugadores de casa enseñando el camino de que claro que se puede triunfar con el equipo de tu corazón, etc.) lo lee Florentino Pérez, que no lo dudo porque me consta que es un fiel seguidor de mis humildes publicaciones, seguramente no haya entendido ni media palabra. Algo le habrá sonado lo del 23-F y a partir de ahí, eso de la ilusión, el sentimiento de pertenencia, las herencias recibidas en forma de recuerdos y batallitas, las lágrimas de orgullo, todo le habrá parecido, con perdón, una chorrada, y seguro que habrá pensado, ¿cuánto vale eso, que lo compro. Con tarjeta, vale? Yo le pondría una canción de La Fuga que dice, “vale más mi sueño que el dinero, puedo vivir de una alegría…”

Esos tan ricos que sólo tienen dinero son unos auténticos perdedores. Se pierden lo esencial, se pierden lo vital, se pierden la felicidad eterna. Se pierden el que dentro de veinte años, cuando recordemos ese tres de abril y nos preguntemos, ¿tú qué hacías cuando Illarramendi y Oyarzabal levantaban la Copa después de aquellos 30 y picos años sin títulos? nos respondamos con una sonrisa diciendo: ¿yo? Ser feliz.

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