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Zubieta rescata a la Real

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Juan Rodríguez

Jueves, 23 de mayo de 2019. 10:30
Aihen Muñoz pelea por el balón con Portu (Foto: LaLiga).
Aihen Muñoz pelea por el balón con Portu (Foto: LaLiga).

Qué extraño es el fútbol moderno. Podemos pasarnos meses pensando que una temporada se está yendo al garete y llegar a la jornada final rozando la gloria, aunque sea una gloria escasa y con peaje. Podemos analizar uno por uno a los integrantes de una plantilla y pensar que prácticamente ninguno ha sido capaz de dar lo mejor de sí mismo, y sin embargo que el equipo acabe la Liga en las posiciones mínimas que hay que exigir. La Real Sociedad es, ahora mismo, un equipo extraño y cargado de contradicciones, las mencionadas y muchas más, ¿pero acaso no pensamos todos que la Real es un equipo que ha de estar siempre entre los diez primeros y luchando por el premio europeo, aunque no lo consiga todas las temporadas? Uno mira la clasificación y todo lo que le ha sucedido a este equipo por el camino y se antoja complicado pensar que la temporada ha sido un fracaso aunque sea totalmente lícito y justificable que mucha gente lo piense.

Es verdad que hasta el primer tercio de la segunda vuelta, con la mejor racha de Imanol, y sobre todo hasta el final, con esas tres victorias consecutivas que dieron opciones europeas hasta la última jornada, no vimos a esa Real de mínimos que podemos exigir por presupuesto y plantilla, esa que no tiene que tener miedo a decir que su lucha es por estar en puestos europeos. Y eso, tantos meses lejos de esa zona y con resultados de lo más desilusionantes en juego y ambición, es lo que ha hecho que el curso 2018-2019 haya sido uno de desarrollo insatisfactorio, y que además ha provocado un fuerte desafecto en parte de la hinchada realista, muy dolida por la negligente trayectoria en Anoeta. Los fríos datos indican que la Real ha sido finalmente novena en la Liga y superó una eliminatoria de la Copa del Rey ante un equipo de Primera, el Celta, para caer después ante otro de la máxima categoría, El Betis. Lo justo. Suficiente para que la temporada no haya sido una ruina, pero muy lejos de lo que se esperaba allá por el mes de agosto.

Quizá es que entonces los juicios más optimistas fueron, en realidad, ingenuos. Es verdad que la Real se asomó a la competición con un entrenador que no daba con la tecla y que a su vez no recibía los fichajes que solicitó y con una plantilla muy joven y que al final se ha demostrado desajustada, pero también hay que reconocer que al equipo txuri urdin le ha pasado de todo, desde jugadores veteranos que han tenido que retirarse por lesiones, como fue el caso de Agirretxe, hasta problemas físicos severos relacionados con la práctica deportiva como los de Merquelanz o que nada tenían que ver con lo que pasaba en el terreno de juego como el ictus de Sangalli. Pero lo que sí parece claro es que Zubieta es lo que ha salvado la Real. No el trabajo que debía realizarse antes y durante la temporada en los despachos.Si acaso, los galones que se le dieron a Oyarzabal, los que ya tenía en el campo y que quedaron amplificados con el brazalete de capitán.

Y eso que el equipo txuri urdin comenzó la temporada salvando el mayor de los escollos, jugando las tres primeras jornadas de Liga lejos de Anoeta por las obras en el nuevo estadio. Ese tramo se solventó con una victoria en Villarreal, un empate en Leganés y una derrota en el último instante en Eibar. En esas tres primeras jornadas la Real ocupó plaza europea en la clasificación. Nada mal, y más teniendo en cuenta las importantes ausencias de aquellos días. Pero ahí empezó la caída de la Real, el irregular desplome del equipo, que arrancó con el que debía ser el día más ilusionante de la temporada: el estreno del nuevo y remodelado Anoeta ante el Barcelona. Los de Garitano perdieron aquel día con honor, sí, pero arrancaron con una estadística nefasta de tres puntos de los primeros quince que se jugaron en casa y no consiguiendo un triunfo hasta el sexto, con el 2-1 ante el Celta de la jornada 13 de Liga. Eliminar precisamente al equipo vigués en la Copa del Rey en esas fechas parecía suponer el espaldarazo anímico que necesitaba la Real, pero nada más lejos de la realidad.

Cuatro derrotas consecutivas colocaron a Garitano en la rampa de salida, incluso cuando consiguió que su Real más reconocible, la más joven y la que era fruto de la necesidad por las ausencias, lograra un triunfo de enorme mérito en San Mamés. Fueron la explicación perfecta para que Jokin Aperribay y Roberto Olabe acordaran la destitución del técnico sin darle tanto margen de confianza como habían tenido algunos de sus predecesores. Da la sensación de que vieron lo que nadie quiso ver un año antes, cuando el proyecto de Eusebio Sacristán estaba muerto: que había tiempo para la reacción. Y decidieron copiar el modelo que sí funcionó un año antes, el de colocar a Imanol al frente del equipo. La Real reaccionó y acumuló ocho jornadas sin perder. Con menos alegría en su fútbol que un año antes, cierto, pero llegó a alcanzar la premiada séptima plaza en la jornada 24, con el solvente triunfo en Anoeta ante el Leganés. Anoeta, el infierno de las primeras fechas, se había convertido en un jardín en el que se sumaron tres victorias y un empate.

Pero esos resultados tan positivos, que devolvieron a la Real al punto en el que debe moverse por potencial, presupuesto y equipo, tuvieron un efecto algo perverso en el devenir de la temporada. Taparon las carencias que tenía el equipo e hicieron que no se recurriera al mercado de invierno. A diferencia de lo que sucedió la temporada pasada, la Real de Imanol no se mantuvo firme y, de hecho, fue perdiendo fuelle. Evidenció sus problemas al perder con facilidad y a balón parado con el Atlético de Madrid, tocó fondo en Sevilla, donde recibió una imprevista goleada y perdió mil oportunidades de reengancharse a la lucha europea mientras equipos que vivían en bastante peor situación durante los meses centrales del campeonato como el Athletic o el Espanyol sí se metían de lleno en la pelea europea. Anoeta, nuevamente, volvió a ser la cruz de un equipo, el txuri urdin, incapaz de superar el Levante, el Eibar o el Villarreal, cuya victoria en San Sebastián pareció ser el punto final definitivo de la temporada.

Esa derrota no impidió que Imanol siguiera mirando al futuro más inmediato con optimismo, y siempre se mostró convencido de que encadenar varios resultados positivos podían mantener a la Real en la pelea. Con la irrupción de Barrenetxea, que irónicamente debutó en el último partido de Garitano, y Aihen Muñoz, con Zubieta salvando la cara al fiasco de las cesiones de Theo y Sandro, el 2-1 al Getafe y el 0-1 en Vitoria ante el Alavés fueron el preludio del momento más feliz de la temporada, el 3-1 al Real Madrid, histórico por suponer la tercera vez en la historia que se le vencen los dos encuentros de Liga al conjunto blanco y por ser la celebración del título de Copa de la Reina femenino. Casi sin darse cuenta, esos nueve puntos seguidos colocaron a la Real en situación de disputar Europa en la última jornada. Pero con un inconveniente, su rival sobre el césped también se jugaba ese premio y el partido se jugaba frente a la hinchada rival. El Espanyol venció en un partido en el que la Real entró mejor y el Athletic, que era el equipo a batir por la séptima plaza, se quedaba sin premio europeo cayendo en Sevilla.

La Real, desde luego, no mereció tanto éxito y su último partido fue un fiel reflejo de lo que fue toda la temporada. Un sí pero no, un quiero y no puedo, un casi pero en realidad siempre lejos. Por mucho que Zubieta lo haya enmascarado.

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