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Ander Elosegi y el objeto de la crueldad olímpica

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Álvaro Ramírez (Tokio)

Ander Elosegi, durante la final.
Ander Elosegi, durante la final.

Ander Elosegi no pudo tampoco quitarse la espina de la medalla en estos, sus cuartos juegos. Cuarto en Pekín, cuarto en Londres, octavo en Río, llegó a la final de Tokio como un tiro, con un tiempo inmejorable para poder asaltar el podio al menos, pero se le fue.

El vasco fue el mejor tiempo de las semifinales, aunque las penalizaciones le regalaran al tercero, pero demostró que su fuerza y técnica lo podrían, esta vez sí, llevar a lo más alto. Pero la final fue otro cantar. Ya el eslovaco Savsek había puesto muy caro el oro con su tiempo limpio de 98 segundos, una marca difícil de alcanzar, pero la medalla sí que la tenía Elosegi al alcance de la mano, era más que factible después de ver los eslalons anteriores.

Salió antepenúltimo, con el tiempo de Savsek como valla que superar, pero no estuvo fino el de Irún. Ya empezó torcido cuando a las primeras de cambio acumuló una penalización, que indicaba que la salida no había sido la mejor. Eso ya imposibilitaba claramente el oro pero seguían las medallas al alcance. Pero le pesó a Ander ese error porque no levantó cabeza. No se le vio suelto de brazos, se atrancó en varias corrientes y fue acumulando retraso y más retraso. La soltura, velocidad y agilidad con la que movía la canoa en semifinales había desaparecido y ahora más una deriva en manos del agua que el dominio de las mismas. El final acabó casi en hundimiento, cuando lo había tenido cerca, se fue lejos. Acumuló uno de los peores tiempos de la final y acabó octavo, igualando su puesto en Río 2016.

Los Juegos son crueles con Ander, que ya lleva cuatro. Siempre ha estado cerca, la ha acariciado, pero siempre por una cosa o por otra se la ha resistido. Una pena, sin duda, tras una competición impecable, hasta la final.