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El refugio de mis ídolos

Un contenido de:
Javier Souviron

Dionisio Franco, a la izquierda, con Arturo Caracuel y Ferrer Lariño.
Dionisio Franco, a la izquierda, con Arturo Caracuel y Ferrer Lariño.

Cuando uno salía al campo antes de los partidos –e incluso durante ellos– había momentos en los que me dejaba llevar por la nostalgia al ver a los aficionados animando y disfrutando con su equipo y me decía hacia mí mismo que era un privilegiado de ver y compartir lo que la mayoría de aficionados del Málaga no conocían o no habían visto jamás: el vestuario por dentro. La primera vez que pisé el vestuario de mi Málaga era un crío. Lo recuerdo muy bien. Iba con mi padre, que en aquella época trabajaba en el club de practicante (ATS). Él se encargaba de la enfermería del campo en los partidos. Mi padre tenía grandes amigos entre los jugadores de allí dentro. Me presentó a Arias, Fleitas, Cabral, Benítez, Deusto, Macías, Chuzo, Pepillo, Otiñano… Ídolos a los que veía en aquel vestuario. Para mí era un lujo.

En ese templo había un olor típico a linimento y te encontrabas a la entrada algo que para cualquier niño de mi época era un lugar de parada obligatoria: el armario de las equipaciones del equipo. Allí Don Pepillo Zambrana tenía colocadas las camisetas en orden. Eran una belleza increíble, allí estaban aquellas elásticas modernas para el verano agujeradas como una red, las azul y blanca de toda la vida. La segunda equipación, roja. Seguías y te encontrabas con el cuarto de las botas y los balones. Más de una vez Pepe fue generoso y pude presumir en mi colegio de una botas de futbolista y un balón de algún partido. Aquel vestuario, quizás por ser el primero que conocí, era el más bonito. Tenía una piscina para el relax de los jugadores y era amplio, tan amplio que no se me olvida ese ruido típico del futbolista calentando y expulsando el aire al correr en círculos. Antiguamente, los equipos calentaban en el vestuario, sobre todo la parte física, y a los entrenadores que tenían que hacer ese trabajo les gustaba estar encima de sus jugadores e ir motivándolos.

Aquel vestuario tenía una puerta que comunicaba con la enfermería del campo, allí los días que mi padre me llevaba yo me sentaba y deseaba que se abriera la puerta que daba al interior. Era donde Dionisio Franco tenía su refugio, y por allí pasaban los ídolos de todos los tiempos: Viberti, Vilanova, Benítez, Uriarte, Montero… Y yo medio asustado y avergonzado los veía darse masajes y con sus bromas. Dionisio los preparaba para el partido. En aquella época vi pasar grandes jugadores por aquel vestuario y no sólo del Málaga. Aquellos Torneos Costa del Sol me permitieron ver a auténticos ídolos cambiarse allí y de la selección española. Fui un privilegiado y un veneno entró en mi cuerpo al sentir aquellas vivencias.

La enfermería de Dionisio Franco antes del Mundial (Desconozco al autor de la foto).
La enfermería de Dionisio Franco antes del Mundial (Desconozco al autor de la foto).

Con el tiempo aquel vestuario se reformo y llegó el Mundial. Para los antiguos, aquella reforma hizo que perdiera misterio y que algunas cosas desaparecieran: el armario de Pepillo Zambrana, la pequeña piscina, los armarios de madera, la enfermería de Dionisio, la del campo… Y, con las vueltas que da la vida, un día me encontré en la puerta de aquel vestuario con chaqueta y corbata y con un Dionisio Franco, que me abrió las puertas y me dijo: “Niño, esta es tu casa”. Mi padre había fallecido y el club me abrió la posibilidad de seguir su tradición. Conocí otra perspectiva del equipo, los jugadores seguían calentando en el vestuario, hacían partiditos de tenis con los pies y con bancos de madera simulando la red. Luego corrían por el largo pasillo de las duchas hasta que salían a tocar balón. Allí estaban Fernando, Popo, Recio, Canillas, Nacho, Juan Carlos, Brescia, Martín… Grandísimo equipo, grandísimos jugadores. En aquel vestuario he vivido gran parte de mi vida del Málaga, grandes alegrías como ascensos, descensos, trágicas muertes, despidos de entrenadores, situaciones que me hicieron crecer como profesional y, sobre todo, como hombre. Cosas que por mucho que haya pasado el tiempo y que las circunstancias de la vida me hayan alejado de lo que fuera mi casa seguirán en mi interior siempre.

Ahora que mi memoria hace algún estrago y alguna laguna, recuerdo a Juanito toreando desnudo en medio del vestuario y a todos los compañeros aplaudiéndole, o a Miguel Ángel Ruiz y Jaro haciendo luchas grecorromanas

Ahora que mi memoria hace algún estrago y alguna laguna, recuerdo a Juanito toreando desnudo en medio del vestuario y a todos los compañeros aplaudiéndole, o a Miguel Ángel Ruiz y Jaro haciendo luchas grecorromanas, o a Palomo Usuriaga diciendo sus cosas con ese acento típico, o esos cánticos de La Rosaleda que se escuchaban en el túnel de vestuarios antes de salir y la piel erizarse como continua haciéndolo ahora que han pasado más de 20 años y sigue pasándome cuando lo recuerdo.

Por aquel vestuario y por aquella camilla han pasado los mejores jugadores que yo podía tener en mis manos en aquellos años y no solo del club. Tuve el honor de estar con la selección española cuando venían y tener en mi camilla a algunos de los mejores jugadores del mundo como Mágico González, Hugo Sánchez o Butragueño. Eran partidos amistosos de la AFE o la despedidas de Juanito. Aquel vestuario tenía mucha historia y no sólo porque las paredes las tenía decoradas con plantillas del Málaga en pósteres desde los años sesenta, tenía historia porque allí, como decía, pasaron muchas cosas. Una de las más tristes fue el encierro que mantuvimos el año que desaparecimos y el adiós a un club. Todo aquello se vivió allí.

Pero también vivimos el resurgir del club, los ascensos de Segunda a Primera y, aunque uno no es muy creyente, diría que algo seguro tendría que ver la capilla con el Cautivo que tenía el bueno de mi amigo Miguel Zambrana al final del vestuario. Y como todo en esta vida tiene su fin, aquel vestuario también lo tuvo. Atrás quedaron los sustos como cuando se quemó la sauna; o el día que Quino se le ocurrió calentar las botas en una pequeña cocina que teníamos, y mientras el míster daba la charla desde la enfermería salía olor a quemado y sus botas ardiendo. Las cosas de Quino.

El 'Palomo' Usuriaga y yo atendiendo a Quino (Fotos cedidas por Mariano Pozo).
El 'Palomo' Usuriaga y yo atendiendo a Quino (Fotos cedidas por Mariano Pozo).

No puedo olvidarme de un jugador que me traía todos los jueves Pepe Sánchez (q.e.p.d.), entrenador del Juvenil por aquel entonces siempre me decía: “¡Recupérame a este niño que es quien me hace los goles!”. Aquel niño que hacía tantos goles tuve el honor de verlo triunfar con el Málaga y llegar muy lejos: 'Súper Basti' hizo felices a muchos de aquella época y yo me incluyo entre ellos.

Como todo en la vida tiene una evolución ,el club decidió remodelar el estadio, aquel equipo había crecido y su vestuario y todo el estadio habían quedado obsoletos. Se inició la construcción de uno que sería provisional mientras durasen las obras del estadio, y allí nos fuimos Juan Carlos el médico y yo para revisar el proyecto y las obras de nuestra nueva casa. Lo que se había proyectado era todo lo contrario a un vestuario de un equipo profesional, el arquitecto se basaba en fotos de libros pero en muy poca práctica. Así que intentaba hacer lo que dictaminaba la UEFA: un vestuario para 17 jugadores. Le hicimos ver que en un vestuario de fútbol profesional se reunían diariamente más de 17 jugadores y más personal, y que había unas necesidades de recuperación que no habían contemplado. Se nos pidió opinión y le redacté un plano en el que ellos se basaron. Por fin había un vestuario moderno y funcional. Os contaré que teníamos la zona seca: gimnasio, sala de masajes, despacho médico y sala de rehabilitación. En el centro, el vestuario para cambiarse los jugadores, y a continuación la zona húmeda con sauna, jacuzzi y duchas.

Como todo en temas de construcción siempre hay problemas y, si hay prisas, más. Como anécdota os contaré que el primer día que se sentaron los jugadores  en un lado se les cayeron las perchas y el banco, imaginaros las risas y las bromas con el peso de algún jugador. En ese vestuario hemos vivido momentos importantes con partidos en Europa y allí viví mis últimos días en el primer equipo.

Mi último partido en la Rosaleda, con el Málaga B (Foto: KAT –q.e.p.d.–).
Mi último partido en la Rosaleda, con el Málaga B (Foto: KAT –q.e.p.d.–).

Del ultimo vestuario, el de ahora, no puedo contar mucho. Allí solo estuve un partido, quizás mi último partido con el representante del Málaga: el Málaga B. Aquel día me sentía como un extraño o como si estuviera en un vestuario de visitante, salí por aquel túnel sabiendo que era mi despedida del club. Miré hacia atrás y me despedí de las tres personas que más me ayudaron a conocer al Málaga: mi padre, el practicante del club, y los eternos Pepillo Zambrana y Dionisio Franco, utilleros y masajistas para la eternidad.

Javier Souviron fue masajista del Málaga durante casi tres décadas. Actualmente, aparte de su vinculación profesional activa al ciclismo y su pasión por la literatura y la fotografía, es enfermero en el Hospital de la Axarquía. Ahora comparte sus vivencias desde dentro en el blog de ElDesmarque 'El niño que soñó pisar La Rosaleda'.

Haciendo malaguismo en Mozambique (Foto: Mariano Pozo).
Haciendo malaguismo en Mozambique (Foto: Mariano Pozo).

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