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El agua bendita

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Javier Souviron

Atendiendo a Darío Silva durante un partido (Foto cedida por Mariano Pozo).
Atendiendo a Darío Silva durante un partido (Foto cedida por Mariano Pozo).

Faltan diez minutos para las doce y hace frío. Es mucho el frío que me recorre por el cuerpo. Miro a mi alrededor, y delante mía tengo a Recio, Fernando Peralta, los hermanos Hierro, Popo, Canillas... Y yo con mi botiquín pequeño de cuero, herencia de Dionisio Franco y que esta mañana, como hacen los toreros, me lo ha traspasado dándome la alternativa mi gran compañero y amigo Salvador Mayorga. Con mi dos botellas de plástico con agua me dispongo a cumplir el sueño de saltar a un campo de fútbol profesional representando al equipo con el que he crecido: el Club Deportivo Málaga. Piso el césped por primera vez y sé que en ese momento comienza uno de los pasajes más bellos que he vivido, el de ser masajista del Málaga.

La famosa agua bendita era lo que cualquier masajista que saltaba al campo tenía que llevar. Son muy recordados los comentarios en radio y televisión cuando saltábamos al campo y al atender a aquel jugador que se dolía tremendamente de una entrada le ponías un chorrito de agua y volvía al partido nuevo. Deciros que esa agua ‘bendita’ era agua de grifo cuando empecé en este oficio, y posteriormente era según la marca de agua que nos patrocinara. La trastienda de la enfermería, los tratamientos o los materiales han evolucionado muchísimo en el fútbol y en el deporte profesional desde que uno empezó en esto. También contaros que he conocido grandes bulos en recuperación de lesiones y, sobre todo, muchas modas, donde una cosa era indiscutible ahora y después no servía para nada. También he conocido a grandes gurús de la recuperación que eran auténticos charlatanes.

El tiempo que trabajé en el Málaga debo deciros que siempre se me dejó hacer y progresar en materiales y medios, sabiendo siempre donde uno se encontraba y lo que la economía permitía. Cuando comencé en el club, el masaje que dábamos a los jugadores era con agua y jabón. Siempre estábamos liados con el agua caliente y el jabón de glicerina. Con el avance en los tratamientos fueron apareciendo cremas y aceites de distinta consistencia que sustituyeron al agua y el jabón. Nosotros, como he dicho siempre, nos gustó avanzar, y aún recuerdo el aceite de masajes que nos hacían en una famosa farmacia de Málaga, receta de Dionisio Franco (q.e.p.d.). Este aceite siempre lo usábamos para calentar antes de los partidos.

Con Makanaky en plena faena (Foto: Kiko Álvarez de Toledo q.e.p.d.).
Con Makanaky en plena faena (Foto: Kiko Álvarez de Toledo q.e.p.d.).

Durante la evolución de los tiempos, la famosa agua milagrosa se fue cada vez usando menos y pasamos al famoso “réflex” que lo curaba todo. Después aparecieron los spray de frío, mucho mejores, ya que anestesiaban la zona dañada y hacían de antiinflamatorio. Cuando saltaba al campo siempre me gustaba salir bien equipado para cualquier emergencia. Y junto a los spray de frío y calor solía llevar siempre hielo conmigo porque había momentos en los que el golpe producía herida y no eran recomendable los spray.

Desde los primeros años en los que salíamos con el agua ligeramente fría y poco más evolucioné hasta llevar hemostáticos para los sangrados, todo tipo de vendajes, pegamento para pequeñas heridas y una grapadora para cerrar heridas grandes. Los que visteis la final de la Intertoto recordaréis el encontronazo del Gato Romero con el central del Villarreal, se abrieron la cabeza los dos. Y allí mismo le grapamos la herida al Gato.

He tenido la suerte de trabajar con muy buenos profesionales en el Málaga, pero quizás con quien más me ha tocado convivir fue con Juan Carlos Pérez Frías. Él fue uno de los primeros futbolistas que me sorprendieron en un partido. Nos enfrentábamos al Hércules y Benítez había hecho todos los cambios. Juan se lesionó, se echó mano atrás del muslo y no podía caminar. El doctor Ferrer Lariño me dijo: “¡Entra y cárgame anestesia!”. Juan Carlos entró y se le durmió la zona, siguió jugando a pesar de ese sufrimiento. Os cuento esta anécdota porque no es la única vez que la he vivido, pero también os la cuento porque pocos jugadores he visto hacer eso por un club y por unos colores.

Con mi querido Juan Carlos Pérez Frías en una pretemporada.
Con mi querido Juan Carlos Pérez Frías en una pretemporada.

En otra ocasión el entrenador que teníamos, Luis Costa, me propuso ir a Galicia con dos jugadores. Allí trabajaba uno de los mejores recuperadores que había en España y allí nos vimos Paco Pineda, Rivas (q.e.p.d.) y yo. Trabajamos aprendiendo técnicas de recuperación. Siempre he tenido la facilidad en el club para investigar, progresar en los distintos tratamientos. En todo este tiempo he aprendido unas cuantas cosas. No hay milagros y no todos los tratamientos deben de ser iguales. Cada deportista necesita su diagnóstico y su tratamiento o la combinación de varios. En Galicia aprendí el manejo de los emplastes con hierbas y estos fueron efectivos muchas veces para todo tipo de inflamaciones, como la arcilla, o como tratamientos más antiguos. Todo bien combinado es efectivo, e incluso mucho mejor que algunas de las múltiples máquinas que las modas han ido sacando. En el apartado de vendajes siempre me acuerdo de las famosas vendas de crepé con las que los jugadores se vendaban. Se usaban y se lavaban, y siempre estábamos liando vendas. Llegaron los nuevos vendajes, las nuevas técnicas de taping y estas desaparecieron.

Comencé viajando con un maletín pequeño y una bolsa de deporte. Allí cabía y sobraba espacio para todo el material que necesitábamos. Terminé llevando un baúl con todo lo necesario como si jugásemos en casa: cremas, medicamentos, material de sutura, vendajes, bebidas recuperadoras, bebidas isotónicas, muletas… Cuando llegábamos a los vestuarios lo primero que colocábamos era el té y el café que solíamos llevar de los hoteles junto con el hielo. Después poníamos todo el material necesario para trabajar.

A mí, personalmente, me gustaba primero empezar a vendar, seguidamente comenzaba a calentar dando masajes con aceite y crema de masaje. Aquí, según el clima –frío, lluvia o calor– variaba la crema. Cuando los jugadores salían al campo a calentar con el preparador físico, me dedicaba a los suplentes y preparaba el botiquín para saltar al campo. Solía llevar mi agüita milagrosa y agua con sales, mi toalla, mi bolsa de hielo y una esponja húmeda. Y el botiquín con todo lo necesarios para atender al jugador.

Mientras fui masajista del Málaga sabía que representaba a un club y a una ciudad, así que siempre tuve varios códigos que cumplí. El primero era darle bienvenida al compañero del equipo contrario, en ese momento no era rival y siempre me gustaba que supiera que estábamos para ayudar. Otro de los códigos era atender al jugador del otro equipo si por algún motivo había habido algún choque y se había lesionado. Más de uno solía ayudar al compañero aunque fuésemos rivales en el campo.

Antes de los partidos en casa era normal ir a dar masajes al árbitro que nos fuera a pitar. Allí siempre tratabas de ganártelo por si había algún problema… Recuerdo una anécdota de un árbitro que nos había pitado unas semanas antes en Figueras. Yo había entrado en el campo sin permiso para atender a Antonio Álvarez. Fue una estrategia para parar el partido, como os decía, cuando coincidí con este árbitro me echó la bronca porque a él lo habían sancionado por no sacarme tarjeta. Yo le dije: “Señor colegiado, yo soy ATS y no entiendo de fútbol. Si veo un lesionado entro”. Sonrió. La respuesta había colado.

Esto os lo cuento porque en el fútbol profesional existen muchas estrategias, y a veces se abusa de las caídas injustificadas. A mí el tiempo me enseñó cuándo un jugador fingía o cuándo se hacía daño. También sabía que si íbamos ganando tenía que tardar lo máximo en llegar al lesionado y tardar un mundo en salir. Cuando más me sorprendía era cuando salía a atender algún jugador nuestro y escuchaba lo que los jugadores de los equipos grandes le decían a los árbitros. Eso me indignaba, cómo se manejaban cuando había alguna entrada fuerte y le discutían al árbitro, diciendo que no habían hecho nada, que mi jugador fingía aunque este estuviera sangrando.

En todos los años que he tenido que saltar al campo con mi agua milagrosa he tenido tres momentos malos que recuerde. La fractura de tobillo de Miguel Ángel Ruiz, un corte tremendamente profundo a Raúl Iznata en el que tuvimos que darle en el vestuario más de treinta puntos en la rodilla, y, para mí la peor de todas, la lesión de José Antonio Gallardo. Recibió un golpe en la cabeza y quedó inconsciente.

En todos los años que he tenido que saltar al campo con mi agua milagrosa he tenido tres momentos malos que recuerde: la fractura de tobillo de Miguel Ángel Ruiz; un corte tremendamente profundo a Raúl Iznata; y, para mí la peor de todas, la lesión de Gallardo

Para terminar os contaré que en este tiempo he usado muchos tratamientos, muchos materiales pero creo que el mejor tratamiento siempre fue escuchar al jugador, escuchar a veces el problema que podía tener, que no siempre era físico. Quizás ese agua bendita era mucho mejor. Por eso una de las épocas más bonitas que viví en el club fue nuestra participación en Europa y el día que nos eliminaron en Oporto. Ya en el vestuario, viendo las caras de derrota de mis jugadores, les di las gracias uno a uno por habernos hecho felices a muchos malaguistas.

Un encuentro con compañeros y amigos de verdad. Algunos por desgracia ya no están.
Un encuentro con compañeros y amigos de verdad. Algunos por desgracia ya no están.

Y para terminar quisiera dar las gracias a todos los entrenadores que tuve que me escucharon y ayudaron ,pero sobre todo a los que me marcaron un camino: mi padre: Paco Souviron ,Dionisio Franco, Salvador Mayorga, y el resto de compañeros con los que he podido crecer estos años. Porque, como titulé estos artículos que hoy terminamos, todos ellos contribuyeron a que un niño que soñaba pisar La Rosaleda la pisara.

Pd: Dos recuerdos importantes, el primero a mi compañero de viaje Francesc Arnau, que siempre iba sentado detrás mía en el autobús cuando nos desplazábamos en él. Y el segundo a Dani Marín por darme un espacio con vosotros.

Javier Souviron fue masajista del Málaga durante casi tres décadas. Actualmente, aparte de su vinculación profesional activa al ciclismo y su pasión por la literatura y la fotografía, es enfermero en el Hospital de la Axarquía. Ahora comparte sus vivencias desde dentro en el blog de ElDesmarque 'El niño que soñó pisar La Rosaleda'.

En un avituallamiento con el Team Qhubeka.
En un avituallamiento con el Team Qhubeka.

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4 comentarios

  1. José Morales García

    Gracias por contar lo que cuentas y gracias porque a veces nos gustaría conocer más pero soy consciente de la imposibilidad... En cuanto a Dani ¿qué decirte? Si es bueno como periodista, como persona no tiene igual.

  2. Dario silva

    El Numero 1 Por Lejos en Todos Los Vestuarios que e tenido Javi.El Mejor Por Lejos

  3. Rafael Salas

    Genial. Uno más. Gracias por Compartir estos momentos de tu vida con todos lis aficionados que en aquellos momentos éramos muy jóvenes y que la vida, más tarde nos llevó a conocer y convivir con mucho de los protagonistas de tus historias incluido tu. Gracias de Nuevo. Eres un grande. Saludos.

  4. Casarabonelo

    Muchísimas gracias Javier, por todos estos artículos. Están siendo (y este también) una joya, escrita por alguien que ha sido testigo de muchos momentos y que quiere al club como uno lo quiere. Y gracias por tu guiño a Dani, por el gusto que ha tenido de invitarte y por el gusto y el compromiso tantos años con el equipo.

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