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El fútbol, la grada, la vida

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Javier Santos

Asientos vacíos en el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán (Foto: ElDesmarque).
Asientos vacíos en el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán (Foto: ElDesmarque).

Será que aún no he cumplido la edad suficiente para cambiar o que quizás tengo ya demasiados años para hacerlo. El caso es que soy de esos que añoran un ciclismo sin pinganillos, un tenis sin tantos saques a 220 por hora y a la gente de pie en las gradas de un estadio de fútbol. Aunque esto último sigue resistiendo en los campos con más solera. Imaginad entonces lo que me ha impactado tantos meses de fútbol con eco, de gradas vacías. De fútbol impostado, de negocio pleno. El fútbol a través de una pantalla, aunque sea plana y en HD, es sólo dinero. Conviene no olvidarlo jamás.

¿Ha sido mejor que nada? Puede ser. Los aficionados de la Real Sociedad han enloquecido con la Copa. Y los del Sevilla FC con la Europa League. Ni les cuento los del Atlético de Madrid con la Liga. Y el mundo giró aunque fuera un poco. Pero faltaba lo esencial, la gente. Ni siquiera había el consuelo de ver un partido en un bar, la metadona de la grada. Lo asumimos tanto que nos habíamos olvidado de lo importante y necesario que es vivir las cosas de verdad. La Eurocopa nos lo ha recordado, abofeteando la cara de los cenizos y asustaviejas.

Y la de más gente, en especial la de aquellos que desprecian el fútbol con esos aires de superioridad moral de la cultura telettubbie que hoy infecta todo. El fútbol desde una grada es un ritual de vida. Un compendio de todo lo que sucede en la real mezclado con aquello que sólo podemos vivir soñando.

El fútbol son 22 tíos corriendo detrás de un balón. Cada vez que lo escucho me imagino a uno de esos cursis esnobs con gesto disimuladamente torcido tras un sorbo de champagne. No les gusta porque pica, pero hacen como los que beben mientras alaban un lienzo sobre el que alguien debió derramar una lata de titanlux justo antes de que derrapara encima un perro mojao (en efecto, ahí va una buena dosis de su propia medicina). Un gol con el culo en el 93' de un amistoso de pretemporada puede provocar hasta un divorcio. Y como mínimo, una borrachera improvisada, ¿qué nos vas a contar tú de la vida, mamarracho?

Celebración del gol de Bonucci a Inglaterra en la final (Foto: Cordon Press).
Celebración del gol de Bonucci a Inglaterra en la final (Foto: Cordon Press).

Detrás de esos 22 tíos que corren y patean una pelota está todo. La grada no entiende de clases, religiones, ideologías, edad, sexo o razas. Hasta los idiotas tienen cabida. Ahí nadie te puede despedir por email. No te vendes, no traicionas, no te traicionan. El de al lado dará la cara por ti, aun sin conocerte. Y tú lo echarás de menos cuando su asiento quede vacío de repente, pese a que sólo compartisteis gestos y miradas de complicidad.

En la grada tienen lugar cientos de vidas soñadas que jamás fueron realidad. Detrás de una portería hay campeones del mundo y reyes de Europa. La grada es el verano. No existen los problemas, es domingo y tienes todo lo que necesitas. Sabes que después vendrá septiembre, cuando suenen los tres pitidos. Pero todavía no. Aquel desconocido al que le acabas de dar un abrazo de gol puede ser perfectamente el mismo al que llamaste imbécil en el atasco del viernes. Y eso en pocos lugares más puede ocurrir.

Niños aficionados del Athletic, en las gradas vacías de San Mamés.
Niños aficionados del Athletic, en las gradas vacías de San Mamés.

El fútbol es Maradona en 1986 "caído entre ingleses pero levantando a todo un pueblo". El fútbol es Grecia entera amurallada en 2004, gozosamente impenetrable para todos los ejércitos antes de que el país fuese demolido por la crisis económica. O los hinchas ingleses desactivando en las puertas de los estadios todo un golpe de estado de la oligarquía más pestilente. El fútbol es aquel hincha del Sevilla FC en Eindhoven al borde del colapso emotivo, poniéndole rostro a varias generaciones amnistiadas por fin. Incluso esa cerveza voladora en las gradas de Copenhague, captada por un hábil fotoperiodista tras el éxtasis de un gol de Dinamarca en esta Eurocopa. ¿Quién le dice a aquel aficionado ciego del Racing de Santander, siempre fiel a la grada y pegado a un transistor, que el fútbol son 22 tíos en calzoncillos dándole patadas a una pelota?

La grada es una extensión de la fe. Sabes, aunque no lo puedas demostrar, que tu equipo ha ganado porque te llevaste ese mechero que ya no enciende pero que te acompañó en tardes de gloria. Que tú, sí tú, evitaste la tragedia porque te pusiste los mismos calcetines viejos que en la última victoria. Que estamos en la final porque impediste que un irresponsable fuera al servicio antes de un córner en contra. Y porque, faltaría más, no has cantado "¡gol!" antes de que el balón pase la línea. Lo sé, lo sabes. Qué sabrán de la vida los herejes que nunca pisaron una grada...

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