El coronavirus asalta el ring: la madre que preparaba el Mundial en el salón de casa

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Alfonso Cárdenas/Miguel Delgado

Domingo, 05 de Abril de 2020. 19:49

Con todos los espacios deportivos bajo llave, cabe buscarse la vida de diferente manera. El aficionado aguanta el tirón como puede, con la esperanza de que todo vuelva lo antes posible, huérfano sin su cita con la cancha, el estadio, la piscina o el ring. Sin más obligación que esperar, es ahí donde se bifurca la rutina del deportista, obligado, incluso, a redecorar el salón para evitar una caída en picado del rendimiento. Todo queda en casa.

Hace aproximadamente un año, Cristina Morales (Córdoba, 1992) celebraba su primer título mundial de Kick Boxing, la primera española que lograba el galardón global ISKA a nivel profesional de K1 de la historia. Tenía 26 años, un grado universitario a sus espaldas, dos hijos… pero 365 días dan para mucho. El éxito la devolvió a su pueblo, a Encinarejo (Córdoba), donde repitió trono ante su gente; no sería la única alegría. Un cinturón en cada hombro y otro en la cadera, un triplete motivo de orgullo, aunque también sinónimo de “constancia y disciplina”, como la define su entrenador y pareja, Jesús Cabello.

“¡World Champion!” ¿Les suena? A Cristina Morales seguro que sí. En plena cuarentena, mientras se preparaba para revalidar el Campeonato Mundial Enfusion -52 kg -el tercero de su percha-, llegó la noticia de la suspensión del combate que la mediría en Eslovaquia, el 25 de abril, a Monika Chochlikova. Todo queda en stand by a cobijo en el salón de casa: un espacio en el que convive, juega con Jesús y Alejandro, descansa y entrena; la vida de un deportista non stop en tiempos de coronavirus.

Un tatami en el salón

El deporte se abre camino en las circunstancias más adversas. Alejados de su rutina, estas personas encuentran respiro en espacios precisamente creados para desarrollar ese mismo fin, el que debería envolver al deportista en el alivio que da el hogar tras duras jornadas de entrenamiento. Ese escenario muta hoy día hasta colisionar en un ring con zona VIP.

Pero hay más. Por suerte, Cristina comparte vida con Jesús: su entrenador, pareja y padre de sus hijos. “Después de tanto confinamiento, hemos sabido adaptarnos a la situación que estamos viviendo. Al principio nos costó pasar de estar en el gimnasio a tener que quedarnos en casa. Lo estamos llevando bien”, narra, hasta desvelar la parte más inverosímil: “Estamos preparando la defensa del Campeonato del Mundo en el salón de mi casa, en tres metros por tres”. No puede evitar una sonrisa al descubrir su secreto; pronto recibiría la noticia del aplazamiento del combate.

Un bache, el del coronavirus, que también golpea al rendimiento. “No tenemos ni los compañeros de equipo ni al entrenador físico. Estoy acostumbrada a ser bastante activa, mi rutina diaria es un no parar y de repente hemos tenido que dejarlo todo a un lado. La parte física la trabajamos aquí con ejercicios funcionales con mi propio peso porque no disponemos de materiales”, reivindica. Todo queda cerrado bajo llave en el gimnasio que ambos sacan adelante, su ‘otra casa’.

Cristina Morales celebra su primer título mundial en Francia.
Cristina Morales celebra su primer título mundial en Francia.

A 18 kilómetros de Córdoba

Todo empezó hace 11 años, con 17, cuando se inició en el Kick Boxing en el pabellón ‘Rafael Lozano’ de Encinarejo, un pueblo a 18 kilómetros de Córdoba. Unas raíces que evidencia en su acento, aunque también en el orgullo que sintió al ganar su segundo título mundial en el lugar en el que empezó todo.

“Empecé con 17 años. Tenía muchas ganas de empezar, pero vivía a las afueras de Córdoba, tardaba 45 minutos en transporte público y mi madre no me dejaba ir para no perder tanto tiempo de estudio”, cuenta. Cuando la actividad aterrizó a pocos metros de casa no hubo ya marcha atrás: “Costó un poquito convencer a mis padres porque es un deporte desconocido en el que tu hija va a ser golpeada. Mi madre no quería, así que le pedí a mi padre que me firmara la autorización porque era menor de edad”.

“Y hasta ahora”, concluye Cristina Morales, que no teme saltarse capítulos de su vida. “Empecé en mi pueblo y al poco ya fui a Córdoba capital para hacer entrenamientos más cualificados, estuve estudiando en Granada -donde terminó psicología-, allí también estuve entrenando. A Jesús lo conocí porque era mi compañero, estábamos en el mismo equipo y ahí ya pasamos a ser pareja y a vivir en Sevilla”, abrevia.

“Ha habido bastante cambio de diez años hasta ahora”, desvela. “Antes había menos chicas y era más difícil cerrar un combate…que hubiese chicas de tu peso, nivel y en tu categoría era un poco complicado. Te tenías que ir adaptando, he practicado Full Contact, Kick Boxing, Muay Thai, K1... hemos practicado un poco de todo”, asegura, descubriendo una historia de superación con claro acento en su papel como madre: “Me aconsejaron dejar el deporte por completo. Como era primeriza, lo abandoné. La sensación después cuando volví a entrenar era un poco desagradable porque no me encontraba bien físicamente. Me faltaba motivación. Ha sido el momento más difícil”.

Todo, no obstante, guarda relación en la vida de la triple campeona del mundo. Universitaria, su trabajo de fin de grado fue precisamente sobre embarazo y deporte. “A partir del estudio sobre todo me escuchaba a mí, a mi cuerpo”, desvela como medicina, si bien buena parte de esa recuperación, narra, se la debe a su equipo, a Jesús: “La motivación me ayudó a seguir queriendo estar en la competición y gracias a Dios seguimos aquí”.

"Uno manda en el gimnasio y otro en casa"

Entrenamiento, casa, trabajo… “hay que organizarse bien, demasiado bien. Yo siempre voy con mi agenda para que me dé tiempo a todo. Nosotros, como trabajamos en el mismo gimnasio, dejamos primero a los niños en la guardería, nos venimos al trabajo, entrenamos y cuando terminamos recogemos a los niños. Por la tarde se vienen aquí, entrenan o los llevamos a un parque de bolas aquí al lado”.

Tres ambientes que convergen, de nuevo, en el salón de casa. Eso sí, “Cristina no tiene otro remedio que ver fútbol. Somos futboleros y, todo hay que decirlo, sevillistas”. Es la parte jocosa de la entrevista, ahora Jesús se pone serio: “Con ella tengo suerte, es constante y disciplinada. Tengo muchos alumnos, con distintos defectos y virtudes, pero, en el caso de Cristina, su principal virtud es la constancia, se toma muy en serio sus entrenamientos y después es muy disciplinada”.

Sensiblemente ruborizada, entre risas, su pareja le devuelve el cumplido: “Hay que darle un 10 como entrenador”. Sólo queda una duda, ¿cuál es la clave del éxito? “Intentamos separar la vida profesional de la privada, lo tenemos por costumbre y no nos resulta complicado. En casa ella es la maestra y yo me someto”, concluye Cabello, pero Morales tiene la última palabra: “Uno manda en el gimnasio y otro en casa”.

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