¡Muerte al romanticismo: viva el Sevilla FC!

Monchi celebra la Europa League ganada en Varsovia.
Monchi celebra la Europa League ganada en Varsovia.

Jean Valjean nunca pudo desprenderse de su pasado. Ni cuando lo aconsejable ni lo justo era hacerlo. La vida lo había maltratado tanto que no cabía ninguna deuda con ella. Pero aún así, lo hizo, volvió a él. El protagonista de Los Miserables dejó de ser señor Madeleine, su yo más noble, para volver a ser Valjean. Dejó su presente brillante para revivir un pasado gris, grotesco, injusto.

Durante el camino en el que el todavía respetado señor Madeleine emprendía a la pequeña localidad donde confesaría un 'crimen' insignificante que le haría volver a ser el miserable Valjean, mil y una señales le puso la vida para que no lo hiciera: un carro destrozado, una rueda rota, un diluvio, un caballo fatigado... La vida no sabía cómo decirle que se frenara, que se hiciera carne en su presente por siempre, y olvidara el pasado, olvidara su destino.

Esa fuerza inexplicable que llevaba y conducía a su miserable destino a Madeleine, Valjean, reside en esa nebulosa romántica de destinos escritos, de vidas predestinadas. Unas fuerzas casi divinas, etéreas, que manejan nuestros hilos para llevarnos donde ya todo está escrito.

Y he aquí, entre tanta divagación, entre las licencias del rescate de Víctor Hugo y el romanticismo, que reniego de la historia romántica entre el Sevilla FC y la Europa League, reniego de esa relación mágica entre este equipo y su competición. Reniego de ese hilo invisible que lo lleva hasta la gloria porque sí.

El Sevilla no volvió a asumir sus penas del pasado, se dio la vuelta en el camino y labró su futuro como señor Madeleine, un brillante futuro que quiso merecer.

Por eso el Sevilla y la UEFA no representan una historia de amor, ni representan cuento romántico alguno. El Sevilla no está destinado a ser un grande europeo, no está escrito que el Sevilla gane este viernes la Europa League ante el Inter. El Sevilla no vencerá por ser el 'inferior' ante el multimillonario Inter de los yenes. El Sevilla no triunfará porque su afición esté lejos. Nada de eso. Nada de destino. Nada de divino.

Porque no hay nada escrito este viernes como no lo había el 10 de mayo de 2006, como no lo había el 27 de Abril de 2006, nada había de destino en Eindhoven, Glasgow, Turín, Varsovia, Basilea, como no lo hay en Colonia.

El Sevilla acabó con lo predestinado. El Sevilla acabó con el romanticismo, el Sevilla labró una nueva historia de pasión, pero escribiéndola día a día, con trabajo, con realidad, sin magia. Eso, y nada más, es lo que hace tan grande al Sevilla, lo que hace a un club instalado antaño en la mediocridad miserable agigantarse y ser grande de Europa. El Sevilla se hace grande día a día, en cada parcela, en cada rincón. Se hace grande trabajando más y mejor, se hace grande llenando de profesionalidad todos los poros de su piel, desde el fichaje de Monchi que mete el gran gol a ese empleado sin nombre y apellidos, ese desconocido que en su parcela presiona tanto como Ocampos cuando le chilla Lopetegui.

Esa forma de crecer, de rebelarse contra un destino que en el Siglo XX habían hecho del Sevilla un club gris, un club anodino, es la realidad, la única realidad. No es esoterismo, es trabajo; no es Dios, es Monchi; no es magia, es acierto; no es suerte, es profesionalidad; no es destino, es talento; no es casualidad, es exigencia; no es romanticismo, es realidad.

El realismo se hizo hueco como movimiento vital, histórico y artístico y sucedió al romanticismo a finales del siglo XIX. Como el Sevilla se ha hecho hueco en la historia del fútbol contra natura, contra el destino, con trabajo y buen hacer. La grandeza brilla en finales como las de esta noche, pase lo que pase, reluce en goles como el de De Jong, en momentos como los de este mes de agosto. Pero la grandeza real, la que huye de magias y de lo desconocido, está en el trabajo.

¡Muerte al romanticismo, viva el Sevilla FC!

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