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Aquellos Sevilla-Osasuna y el buenismo actual

El fútbol ha cambiado desde aquellos Sevilla-Osasuna de principios de siglo. El fútbol y la vida. El duelo entre ambos de este lunes nada tuvo que ver con aquellas batallas entre las bandas de Caparrós y Aguirre. Pero precisamente el recuerdo de aquellos encontronazos sólo aptos para tipos duros me lleva a preguntarme de nuevo hacia dónde vamos. Los fans de Real Madrid y FC Barcelona lloran una supuesta pérdida de potencial de LaLiga Santander. Los hinchas del resto de clubes se congratulan de que el campeonato, en verdad, sea hoy mucho mejor que ayer y esperemos que peor que mañana.

Mientras, otros creemos que lo que le pasa al fútbol español, más allá de ciclos inevitables, es que está virando hacia algo extraño. Un deporte bastardo en esencia. Un fútbol no ya alejado de aquellos Sevilla-Osasuna (algunos de los cuales, dicho sea de paso, sí sobrepasaron la línea), sino con menos contacto que una noche en la isla de las tentaciones.

Los jugadores del Sevilla hablan con el colegiado de su partido ante el Dortmund (Foto: Kiko Hurtado).
Los jugadores del Sevilla hablan con el colegiado de su partido ante el Dortmund (Foto: Kiko Hurtado).

Uno mira a su alrededor y no comprende cuál fue el momento en que se jodió todo. Penaltis por un roce del balón en un meñique algo separado del cuerpo de quien corre (Emerson). Expulsiones por despejar fuerte el balón cerca de un contrario (Rubén Blanco). Goles anulados por no tener el brazo amputado (Ocampos). O faltas por aproximarte a un rival que tiene el balón (Parejo). Y son sólo ejemplos de las últimas horas. Claro, luego llegan Verrati o Emre Can a un balón dividido contra Busquets o Rakitic y parece un pulso entre Mike Tyson y Tinky Winky. El Sevilla FC se dio cuenta tarde de que en Europa se sigue jugando al fútbol. El FC Barcelona acabó arrugado, arrollado y sin enterarse.

Seguramente, como en todo, no hubo un instante concreto, sino un proceso. Lo cierto es que el siglo XXI avanza al ritmo en que la sociedad involuciona en muchos aspectos. Estamos en la era de los ofendiditos. En una época en la que se saca el dedo acusador del machismo, fascismo, racismo y demás -ismos en cuanto uno se separa un milímetro del pensamiento único. Al fútbol llegó el VAR con décadas de retraso, como casi todo en España. Y encima lo hemos puesto en manos de padres primerizos. Esos que creen haber parido un hijo de cristal y que se puede romper en pedazos subiendo un bordillo.

Revisión del VAR del penalti de Diego Carlos ante el Atlético en la temporada pasada.
Revisión del VAR del penalti de Diego Carlos ante el Atlético en la temporada pasada.

Un fútbol modernizado tecnológicamente pero adulterado a cámara lenta. Un juego donde las acciones se examinan por 'frames', sin ningún tipo de lógica futbolística. Y se repiten tantas veces que acaba uno viendo a Lee Harvey Oswald disparando a JFK desde todos los famosos ángulos a la vez. O lo que haga falta ver. Vivimos, en general, en una sociedad de burbujas. Cada una encerrada dentro de otra anterior. Burbujas de sobreprotección ante no se sabe bien qué. Perros con jersey por las calles y niños sin la rodilla echá abajo en un campo de albero. Pompas de jabón inicialmente que acaban transformándose en cristal blindado del que es difícil salir sin pánico.

La sobreprotección descontrolada puede ser tan dañina como acudir a la guerra sin escudo. Y así se plantaron Sevilla FC y FC Barcelona contra Dortmund y PSG, sin escudos. Creyendo que el del silbato les protegería ante la osadía de los rivales de entrar fuerte al choque. Jugando a eso que fuera de España sigue siendo un deporte de contacto. Se llama fútbol y se puede jugar a lo Imanol o a lo del ahora demonizado Bordalás, pero siempre debería ser sin la maloliente hipocresía bienqueda que nos invade.

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