Blogs Real Zaragoza | Desde la puerta catorce | Carlos Puértolas

El hombre de la casa

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Carlos Puértolas

Martes, 08 de enero de 2019. 13:09

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La Puerta 14 siempre ha sido más exigente con las personas de casa. Quizá por egoísmo, por ignorancia o muy posiblemente por envidia, respeta menos a quien bebe café en La Bellota que a aquel tipejo de pelo amarillo o azul que se presenta con una botella de güisqui de importación en la maleta, aunque sea de garrafón. Luis Costa vive a dos calles de aquí y su hijo ha estudiado en el mismo patio que nosotros. Este alicantino discreto es así porque le da la gana. En su revólver guarda mil balas para disparar a cualquier míster de verbo grotesco y colocarle a kilómetros del Colegio de los Agustinos y las dos Copas del Rey que guarda en su currículum. Su desgracia, quizá, ser uno de los nuestros.

Cada mañana Luis sale a pasear junto a Manolo González y unos cuantos futboleros de postín. Por el parque, por el Camino de las Torres o por Cesáreo Alierta hablan de fútbol y de la vida, del pasado, el presente y el futuro. Lo saben todo. Y no están de acuerdo con casi nada, aunque lo digan con tono bajo. No quieren hacer daño. Luis salió por la puerta de atrás del club de su vida, en un maldito ERE que destruyó el músculo interior sin más explicación que una carta casi anónima y una triste indemnización. Hasta entonces no había faltado ni un solo día al trabajo siempre a disposición del patrón, en el césped, en el banquillo y en el despacho. En el primer equipo o en el benjamín, Luis Costa era un currante, un hombre de la casa. La realidad es que no queda ni uno. Y punto.

Luis fue futbolista antes que obispo. Pocos se acuerdan de un centrocampista ofensivo, menudo y rápido que llegó a Zaragoza desde Mallorca en los años de indigestión tras el banquete Magnífico. Aquel grupo que cayó a Segunda para ascender al año siguiente, tenía más calidad en una espinillera que mucho de lo que ahora deambula por el sótano de la Segunda División: Planas, Nieves, Villanova o Felipe Ocampos descendieron más por empacho que por fútbol en sus pies. Aquí estuvo tres años antes de marchar a Girona donde cerraría su etapa sobre los tacos.

Antes de quitarse esas botas, junto al DNI y el de conducir ya tenía el carné de entrenador. Contó que no lo tenía pensado pero que su compañero Pepe Juan le convenció para inscribirse al curso de técnicos juveniles. Luis fue más por figurar que por tener el cartón pero, una cosa llevó a la otra y acabó siendo el primero de aquella promoción. Eso le sirvió como acicate. El verano siguiente volvió a ser el mejor en el de categoría regional y poco después, sacó el de nacional. Y no fue el uno sino el dos, por detrás de Ignacio Rojas. El pódium lo completó un ilustre colchonero, Luis Aragonés.

Algo vieron en él en Gerona. Tras colgar las botas, los catalanes quisieron que se quedara a entrenar. Amante de la playa no quiso quedarse en el Cabo de Creus sino que optó por las islas; Luis se marchó a Mallorca. De Mallorca a Huesca. Del Huesca a casa, al Deportivo Aragón y del filial al primer equipo como segundo de Vujadin Boskov en 1978. Siempre creciendo. Siempre hacia arriba. Boskov, el del fútbol y fútbol y entre rivales no hay nada escrito y demás peroratas fue uno de sus grandes maestros, de quien aprendió y con congenió mucho.

En aquel Zaragoza de idas y venidas un problema con los pagos acabó con su primera etapa en el club. Hizo las maletas y marchó, a Palencia y a Oviedo, a curtirse en campos de lodo y medias en el tobillo con el librillo de Boskov bajo el brazo. Armando Sisqués le rescató de todo eso y de nuevo lo trajo al filial para hacer historia.

Porque en el Deportivo Aragón logró un hito tremendo en 1985. El más importante de la historia del fútbol base del Real Zaragoza: el ascenso a Segunda División. Lejos de focos, intermediarios impertinentes, traficantes de futbolistas y representantes con el colmillo afilado aquella familia consiguió un ascenso histórico a donde hoy vagabundea el primer equipo. Luis Costa, como casi siempre, dio un paso atrás e incluso hoy, cede el protagonismo a las tripas de la Ciudad Deportiva con José Luis Torrado “El Brujo” como mente principal. Y a Rafa Latapia, Narciso Juliá, Elvira o Abad como ejecutores en el césped.

Un año después y como casi siempre pasa con los entrenadores, Luis aprovechó la destitución de un colega para afrontar la oportunidad de su vida: el primer equipo. La irregular marcha del Zaragoza acabó con Enzo Ferrari y catapultó a Luis al banquillo principal.

Allí hizo historia de nuevo, de la buena. Finalizó cuarto y ganó la Copa del Rey ante aquel Barcelona invencible de Terry Venables y Bernd Schuster. Todo lo cimentó en un grupo tremendo y un pelotero del que no hace mucho hablamos en esta Puerta14: el jovencísimo Rubén Sosa. Costa fue entrenador y padre. Fue tutor y amigo. Cuando el mundo se le vino encima al uruguayo, le guió por el camino correcto para ser quien después fue. Se tapó los oídos cuando algún verbo suelto le criticó y le convirtió en el mejor de todos. 

Luis, más que de la final de la Copa, recuerda la semifinal. Fue en el Bernabéu y tras sufrir lo indecible, acudió a cenar a la concentración Leo Beenhakker quien agradeció y mucho al Real Zaragoza el haber tumbado a los blancos. El holandés rebelde acababa de firmar por el Madrid y reconocía que, sin título merengón, su misión el año siguiente sería un poco más sencilla.

En la segunda vuelta de aquel año sellaron nueve victorias, tres empates y sólo dos derrotas, ante Madrid y Barcelona.

Aquella segunda vuelta de ensueño tuvo su continuidad un año después. El Real Zaragoza finalizó quinto y semifinalista de la UEFA más dura ante el Ajax de Cruyff y tras tumbar a la Roma, penalti errado por Ancellotti incluido.

Pero como a todos, a Luis se le acabó aquella etapa. Un año después y tras perder en Copa ante el Celta, Miguel Beltrán le destituyó. Acababa su primer ciclo glorioso. El presidente reconocería después que aquella decisión había sido precipitada.

Málaga, Alavés, Córdoba o Levante precedieron la segunda. Ahí disfrutó de su partido más especial en el banquillo del Real Zaragoza en 1997. De nuevo con la tripa llena, se jugaba un problema tremendo con Segunda al fondo, frente al Logroñés en Las Gaunas. Allí y con un gol de Poyet, ante miles de zaragocistas, el club, siempre el club, salvaba la vida. Entrenó una temporada más, sin más sobre saltos y cerró su tercera etapa. De nuevo misión cumplida. De nuevo un paso atrás. De nuevo en la sombra para que el flash apuntase a otros.

Luis volvió a galeras. A remar en la base hasta que otra urgencia llamase a su puerta. Y llegó un poco más tarde en 2001. Otro Zaragoza recién ascendido veía como el tren le dirigía inexorablemente a Segunda. En ese equipo estaba Vellisca y estaba Pablo Díaz, estaba Paco y estaba Yordi, estaba Garitano y Aragón, y Acuña y, sobre todo, un tipo con hambruna permanente: Juan Esnáider. Tocaba reconducir y virar el barco. Tocaba cambiar la dirección y guiarlo a buen puerto. Para ello escogió a un timón diferente, un desconocido que callado como nadie cumplió su papel: Gurenko. Cuenta Costa que era un jugador muy recomendado. Lo entrenó Capello en la Roma y, tras telefonearle, se lo recomendó sin paliativos ni zarandajas. Sólo podía sumar.

Tras salvar la categoría, tocaba el premio final en Sevilla. La primera gran final a la que asistía la Puerta14. Desde semanas antes Luis lo tuvo claro: Gurenko y diez más. Y se lo comunicó quince días antes al implicado junto a dos cintas VHS para que estudiase las virtudes del centro del campo de Víctor Fernández. Aquel Celta era un avión. Gurenko guardó el secreto. Aragón y Garitano se fueron al banquillo más que enfadados, aunque la misión y el resultado lo justificaron todo. Cuentan que Víctor estaba seguro de que su Celta iba a ganar pero se quedó con una Rianxeira tremenda y un subcampeonato. Ganar, ganó el de casi siempre.

Y un año después le llamaron para lo mismo. No estaba tan seguro. No había descansado lo suficiente para llevar a cabo una misión similar. No. Pero cuando el Zaragoza llama a su despacho, sólo sabe obedecer. Encontró un vestuario diferente, repleto de voces disidentes. Una bronca en el vestuario del Bernabéu y mil en casa le dejaron sin fuerzas y, a falta de siete partidos, dimitió.

Amigo de sus amigos, de Manolo Villanova, de Manolo Nieves, de muchos de quienes por allí pasaron se refugió en el despacho haciendo miles de informes, aunque su influencia fue cada vez menor. Le tentaron en Huesca cuando el padrino de su hijo, el mismo Manolo Villanova, decidió afrontar un imposible en La Romareda. Era un ascenso casi seguro en El Alcoraz, pero dijo que no. Le tentaron más veces pero siempre fue que no. Prefirió el despacho, los viajes, los informes y su Zaragoza, siempre su Zaragoza. Aguantó las tonterías de un sevillano metido a pregonero, un despido por carta y un infarto agudo de miocardio que a punto estuvo de llevarse su vida por delante.

Ha adelgazado veinte kilos y camina cada mañana para hablar de fútbol. Siempre discreto, siempre tranquilo y con el móvil encendido. Quizá algún día le vuelva a necesitar el Real Zaragoza

No camina un empresario de éxito que antes fue internacional y magnífico, Severino Reija. Pero eso ya es otra historia.   

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