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La noche de todos

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Carlos Puértolas

Martes, 05 de marzo de 2019. 22:06
Víctor Muñoz durante el partido frente al Real Murcia
Víctor Muñoz durante el partido frente al Real Murcia

Hablan tanto de aquella tarde que parece que todos hubiésemos estado allí. La han idealizado. Entraron muchos sí. Más de los que debían. Ni tornos, ni porteros, ni controles, ni nada de nada sirvieron para que La Romareda acogiese a menos de los que querían y más que cabían. Aquel Real Zaragoza sí nos necesitaba, estuviésemos donde estuviésemos. Quizá porque el calor de la masa era la única manera de superar el frío helador que desprendía aquella Segunda División.

La Puerta14 lo escuchó todo a través de un viejo loro que refriteaba la voz de Paco Ortiz y de Ortiz Remacha en Radio Zaragoza, cuando la cosa se ponía emocionante. No acudimos al campo, quizá porque con sólo nueve años, éramos demasiado minúsculos para sobrevivir a la alborada blanquilla que arrasó con La Romareda. Era la cara o la cruz. Vivir o morir. Una moneda al aire que unos días antes pudo salir cruz pero, aquella noche, debía salir cara. Y salió. El bueno de Andoni Cedrún insiste cada vez que le preguntan que ahí nació todo, porque si aquel grupo se cae al sumidero de la Segunda División, ni la Copa ni la Recopa ni nada de nada estarían ahora casi oxidadas en el armario del zaragocismo. Una noche y un resultado: Real Zaragoza 5 - Real Murcia 2.

Todo comenzó en el sur, en Cádiz. Una tarde de calor veraniego en el Ramón de Carranza, el equipo de nuestro Mejías y del calvo Dertycia, con el recuerdo de Mágico González todavía caliente, se jugaba la vida ante un Zaragoza romo y temeroso, con Chilavert suspendido de empleo y sueldo y miedo hasta en las canillas. Los gaditanos tenían que ganar para jugar la promoción y no caer directamente a Segunda mientras que los nuestros necesitaban los dos puntos para evitar esa promoción. El sol caía a plomo y esos rayos ultravioletas hirvieron el canguelo y derritieron nuestro fútbol. Y eso que Higuera marcó el primero, al resolver magistralmente un uno contra uno mediada la segunda mitad. Pero aquella tarde, cuando Cádiz ya lloraba por la defunción, nació un muchacho: Kiko Narváez. Este gaditano hasta la cepa puso el Carranza del revés. A nueve del final marcó Dertycia desde el punto de penalti. Los inalámbricos de Canal Plus entrevistaron a Blanco, el entrenador del Cádiz después de ese tanto (y no pasó nada) y al presidente Irigoyen (y tampoco pasó nada), ambos soñaban con un gol más. Y llegó. Kiko, con el quince a la espalda y a cuatro del límite, lanzó un derechazo que lamió el poste, mandó definitivamente al Zaragoza a jugar la maldita promoción. Los números eran claros: 33 míseros y ridículos puntos.

Más de una década en Primera seguida, sin pasar prácticamente apuros, cogió a la Puerta14 fría. Aquella cucharada de realidad costó y mucho que atravesara el gaznate de la parroquia blanquilla. Maldita sea. En Zaragoza se habló de dramas, de desastres y de descensos y por olvido o por desconocimiento, ni uno estábamos preparados para ello. Se habló de miedos y pánicos y algo menos del rival: todo un Real Murcia, con Aquino como jugador estrella. Era el momento de los valientes y uno ya había dado un paso adelante: Víctor Muñoz. No jugó en Cádiz tras romperse el cartílago de una costilla pero tenía claro que su último título tenía que ser en casa, salvando al equipo de su vida: el Real Zaragoza (y con un cargo de Director Deportivo asegurado para la temporada siguiente).

La única misión de Víctor Fernández aquellos días fue recuperar la moral de su batallón. Le ayudaron los oficiales más veteranos, le ayudó el entorno y la tropa rasa, le ayudaron todos. Muñoz fue capital, lo mismo que Juliá o Aguado quien tampoco había jugado en el Carranza por sanción. Lo intentaron sí, pero no sirvió de mucho.

El Real Zaragoza salió acongojado a la vieja Condomina. Nervioso atrás e inoperante arriba cimentó un pobre empate a cero en las manoplas de Andoni Cedrún, en el lateral de la red, en la madera y hasta en el trasero de Juliá. Aquella noche, el equipo de Víctor pudo salir goleado y con pie y medio en Segunda, pero no fue así. Aquella noche la virgen del Pilar y la fortuna impidieron el desastre más absoluto. Aquella noche, Chilavert fue traspasado a Velez Sarsfield y, creo que el equipo se quitó un peso tremendo de encima. Aquella noche fue la última mala noche.

Porque el 19 de junio de 1991 todo, absolutamente todo cambió. Todo. Aquel fue uno de esos partidos que se vive desde primera hora de la mañana, desde el desayuno, la caña y el almuerzo. Desde el recreo y la tertulia, la comida y la siesta, no muy larga. Todos acudieron a por una entrada, todos. A las cinco y media de la tarde, las colas caracoleaban alrededor de las taquillas del estadio. Las primeras en agotarse fueron las de General de Pie por 500 pesetas. A las cinco y media de la tarde no quedaba papel. Las de la Puerta 14 tardaron un poco más, a veinte duros el papel. Y después uno y otro y otro sector, hasta las de Tribuna cubierta por 2.500 pesetas.

El equipo permaneció concentrado en el Hotel Romareda hasta las siete. Irregularmente vestidos, unos con traje, los otros con camisa y algún despistado en chándal pero todos con rictus más que serio, caminaron al estadio. El club regaló pequeños banderines con el león rampante, hasta 25.000, pero no hubo para todos. En aquel campo había más de 45.000 locos para vitorear a Cedrún, Belsué, Aguado, Juliá, Esteban, Víctor, García Sanjuán, Poyet, Mateut, Higuera y Pardeza. En el fondo norte, las bengalas colorearon de rojo al Ligallo fondo norte, todos subidos a las vallas, con hambre y miedo. La Romareda oscureció con la humareda de los petardos y las bengalas encendidas a la salida de los jugadores. Pocas acabaron en el fondo. Trabajadores del club tuvieron que salir a limpiar el pasto después de que muchos las arrojasen a la portería que iba a defender un tal Fernández. Había comenzado el circo.

Y el primero en atacar fue el Murcia que no se amilanó pero sí tiró de teatro. Manolo se arrojó a la piscina ante un lance con Juliá pero Martín Navarrete no picó. El pollo pimentonero tampoco protestó, faltaría más. El Zaragoza respondió con una jugada de tira líneas que detuvo el bueno de Fernández. Entonces el equipo eclosionó. En el minuto 8, Higuera en jugada personal se encontró con el poste, y un tipo listo llamado Gustavo y apellidado Poyet, empujaba el balón a la red. Era el 1-0.

Higuera fue el mejor. Atacó por la banda hacia el centro y sólo las manos y las piernas del portero impidieron que se ampliase el marcador antes del minuto 31. Aquel fue un tanto de zurdos Fue Esteban, esta vez quien perforó la banda izquierda, centró al corazón del área y Poyet remató con el alma a la red. La Romareda respiró. Poco. Muy poco. Porque Eraña devolvió la congoja a la grada con una jugada casi de tiralíneas tras una falta desde la frontal. Un gol murciano se llevaba al equipo a Segunda División.

Pero aquella noche era por y para zaragocistas. Un minuto después, sólo un minuto después, Pardeza de una tremenda jugada personal hizo el 3-1 y provocó que La Romareda sacase los pañuelos. La grada se volcó con su ratón. Cada vez que tocó el balón se le vitoreó con gritos de torero toreo. Así estaba la grada.

En la segunda mitad Andoni Cedrún también quiso su cuota de protagonismo. Un disparo seco y duro fue detenido por una manopla del vasco abajo, donde más cuesta llegar. Aportaron oxígeno Pascual Sanz y Lizarralde y el marcador no se cerró hasta casi el final. En el 78 todos respiramos tranquilos. El Murcia se había volcado, casi a la desesperada. Belsué, corrió más que nadie, condujo el balón ante una deshilachada zaga visitante y cuando lo tenía todo, cedió el balón a Higuera que obtuvo su justo premio con un zapatazo con el alma a la red. La salvación era un hecho.

El Murcia obtuvo el justo premio a su empuje tras un toque delicado de Juanito, pero La Romareda quería manita. La noche estaba de cinco y nada más y ese marcador lo redondeó la sociedad más importante de la noche: Higuera se lo cedió a Pardeza quien hizo el quinto y último gol.

Navarrete pitó el final pero nadie se marchó. Como en las grandes noches, todos se quisieron quedar a saborear cada jugada y cada recuerdo con el equipo aplaudiendo desde el centro del campo. Los aficionados decidieron saltar el foso e invadir el césped para celebrarlo con los jugadores y aquel campo que ocupaban veintidós y un colegiado, lo inundaron cientos tras saltar lo que el gran José Antonio Ciria calificó como “el foso de los cocodrilos”.

En el vestuario el agua mineral dio paso al cava. Se descorcharon botellas y se bebieron. Fue la noche del alivio, de la tranquilidad, del respiro, de todo. Fue la noche del inicio de algo bonito que acabó en París.

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