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Víctor Fernández y el Carpe Diem

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Manu González

Viernes, 11 de enero de 2019. 20:48
Víctor Fernández en un entrenamiento en la Ciudad Deportiva (Foto: Daniel Marzo).
Víctor Fernández en un entrenamiento en la Ciudad Deportiva (Foto: Daniel Marzo).

"He vuelto a La Romareda por Víctor Fernández". Tras la victoria ante el Extremadura fui a la salida del estadio a entrevistar a los aficionados sobre sus sensaciones tras estreno de Víctor. Aquel hombre de cuarenta y tantos años, el de la frase con la que empieza este artículo, había regresado al estadio sólo por el entrenador. Me lo imaginé hablando con su mujer o amigos antes de ir al Municipal. Contándoles de que iba al fútbol como quien dice que ha quedado con un viejo amigo. Puede que haya mucho de eso. El regreso de Víctor es un regalo. La posibilidad de ver al hombre con el que el Zaragoza vivió uno de sus mejores momentos, con el que se consiguió la Recopa. Ver al alineador de ídolos como Poyet, Higuera, Cedrún, Esnaider, Nayim, Belsué, Pardeza. Contemplarlo en el banquillo es como volver a ser ese niño de ocho años y salir a dar un paseo de la mano de tu padre. Un túnel del tiempo.

Como muchos, quien escribe esto aún no había nacido cuando Víctor Fernández ya entrenaba al Zaragoza. Era 1991 cuando cogió las riendas por primera vez del equipo aragonés. El recién jubilado de 65 años, tenía 37; un adulto de 40 años, por ejemplo, estaba en plena preadolescencia. Víctor ya entrenaba cuando Antena 3 o Canal + llevaban solo un año emitiendo, antes de que hubiera tres cambios o las victorias valieran tres puntos. El Real Zaragoza tenía poco más de medio siglo, el Mundial 82 estaba fresco en el recuerdo, Maradona y Van Basten aún jugaban, la Champions se llamaba Copa de Europa y la ganaban equipos como el Steaua de Bucarest o el Estrella Roja.  La Recopa, gracias a Dios, aún existía y era el segundo torneo en importancia en el continente. Zapater era un crío de seis años, uno de los pocos que había nacido, junto a Javi Ros, Guitián, Cristian Álvarez y Diego Aguirre.

Víctor Fernández nos conecta con lo mejor de nuestra infancia. Hay un Víctor para cada aficionado, una mitología personal que alimentar. Ahora es posible hacer turismo de nuestro pasado comprando una entrada para el partido del Real Zaragoza. Así fue contra el Extremadura. La gente salía del estadio
como quien vuelve de un viaje a la niñez.

El hincha se paraba a intentar explicar con palabras lo que acaban de vivir. Difícil sin soltar algún taco debida la dificultad de expresarse. El hombre que aseguró que había vuelto por Víctor Fernández parecía cerca de los cincuenta años. Otro aficionado, como recitándolo, dijo que "Lucas Alcaraz era un sacerdote rezando por el enfermo; Víctor Fernández, el médico que ha venido a curarlo". Fe y ciencia a la venida del nuevo míster. Es su tercera llegada... y al igual que la última vez, con una década de intermedio. Como si el fútbol quisiera enseñarnos lo que es el paso del tiempo, los cambios de nuestra vida para en el fondo ver que todo sigue igual. Que sentimos lo mismo que cuando eramos esos chavales de la ESO que confíaban en Víctor. Aquellos que esperaban la llegada del domingo para ser felices en La Romareda.

Hace diez años lo despidieron tras un empate ante el Mallorca y se marchó sin dejar nada más que las rebañaduras de unos festines que cada vez quedan más lejos. Su adiós, como una maldición, dejó una oleada de entrenadores de lo más variopinto. Casi una veintena de figurantes, como un mal casting de una película de sobremesa de sábado por la tarde.

Sobreviviendo sobre la cornisa del Infierno la vida pasa rápido. Se vive al límite y pocos futbolistas dejan huella. En los últimos seis años el Real Zaragoza ha
tenido once entrenadores. El West Ham, por comparar, tuvo los mismos técnicos desde 1901 hasta 2008. De rugir como un león a maullar como un gato. No ya por las siete vidas, sino por la medida de los años. Cada temporada zaragocista es como una década de entrenadores, vivencias, subidas, bajadas y sufrimiento, mucho sufrimiento.

Con el regreso de Víctor, el momento se ha hecho eterno, historia. Aquel hombre, su dirección, sus ruedas de prensa, son un máster de historia zaragocista... conectada al momento presente. El de pelear por sobrevivir en el infierno. Y en esas estamos. Aun en Segunda, uno desea estirar como un chicle el momento de Víctor Fernández. Que nos siga conectando con la Recopa, y Carpe Diem. Aprovechemos el momento, vayamos todos a la Romareda mientras continúe aquí el hombre en quien algunos han confiado a los 10, 20, 40 años. Un lujo con uno de los nuestros. Que hace jugar a Pombo, a Lasure, a Delmás, a Eguaras como lo hizo con Dani, Morientes, Belsué o Pardeza. Como si Ferguson volviera al Manchester United, Arsenio Iglesias al Deportivo, Miguel Muñoz al Real Madrid o Luis Aragonés al Atlético. Aprovechemos el momento.

Carpe Diem. Pocos zaragocistas han podido resistirse a volver. Nunca sabremos si el futuro nos dará esta oportunidad de aprender del pasado, soñar con el futuro
y pelear el presente.  La afición se ha ganado el derecho a ilusionarse de nuevo, de volver a La Romareda como en la parábola del hijo prodigo y echarse a los brazos de Víctor. Como en 1991. Como en 2006. Como ahora.

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